Emilio Salgari y Sergio Leone.- Tan Lejos, tan cerca

No voy a escribir sobre el film de Wim Wenders, aunque este título lleve el de una de sus películas. Se trata de comentar lo que a mi parecer es una conexión entre la obra de dos autores italianos que, tanto en la novela como en el cine, han dejado su huella eterna.

La característica afín a ambos es que los universos propios de sus creaciones distan miles de quilómetros de su vivencia personal. Ni el archipiélago malayo ni el salvaje oeste americano son escenarios de su realidad vital.

Emilio Salgari nació en Verona en 1862 y en su juventud no logró completar los estudios navales que inició en Venecia. Sus pocas incursiones en el Adriático como navegante fueron sorprendentemente suficientes para alimentar de fantasía sus relatos, entre los cuales destacan los del Corsario Negro o los de Sandokán. Tan sólo una desbordante creatividad podía asumir tan pobre perspectiva para lanzar tamaño objeto literario. El músculo de la imaginación iba a suplir la carencia experimental.

Con Sergio Leone creo que sucede algo similar. El cineasta romano reinventa el género del revólver a base de documentación y adaptación, a pesar de que un océano de por medio lo complique todo. Con su visión particular y fascinación por el mundo de los forajidos tiene suficiente material para darnos una versión más atractiva del mismo. Más hermosa, quizás, que la propia.

El método creativo de ambos es el de la mirada lejana que acaba magnificando lo que no se ve. Idealizar un mundo lejano y llenarlo de matices imaginarios. Son dos creadores lejos de sus escenarios, pero la lejanía no es un obstáculo. Más bien parece que fuera una ventaja.

Es fácil entender que Mark Twain escribiera sobre el Misisipi y sus gentes. Él mismo lo había navegado en multitud de ocasiones y había transitado por sus riberas. Salgari apenas viajó por su país natal. Era un escritor que se iba a dedicar a las novelas de aventuras. Algo que podría encasillarse como un “género menor”. No hacía falta que las escribiera sentado en la playa de un cayo malayo. Leone, por su parte, tenía la tarea de distraer a los espectadores con una película de forajidos rodada en España. Un spaghetti western. Algo poco serio y de segunda clase. No hacía falta que se encargara del proyecto un director estadounidense, ni que la cinta se rodara en un desierto de Texas. Al fin y al cabo, el suyo era solamente un producto de entretenimiento ligero.

Por qué estos creadores de obras encasilladas como géneros menores iban a convertirse en referentes para los autores más aclamados no deja de ser llamativo. No queda otra que reconocer que sus obras son simplemente geniales y están fuera de cualquier encasillamiento.

El hecho de que ambos autores fueran italianos hace pensar que su origen pueda tener alguna incidencia en lo comentado líneas arriba. Trato de evitar el pensamiento facilón de que la patria está ligada a características idiosincráticas o a la manifestación creativa de un autor. No lo consigo.

¿Por qué algunas de las mejores novelas de aventuras y algunos de los westerns más carismáticos se los debemos a dos italianos?

Creo que hay que tener en cuenta que el arte cultivado desde hace siglos en la península itálica tuvo que tener una trascendencia capital en ambos autores. Los vestigios de la antigua Roma o las obras alentadas por los mecenas del renacimiento conformarían el paisaje artístico inmediato de Salgari y Leone. El legado de los Miguel Ángel, Caravaggio o Monteverdi iba a ser la referencia de cómo se debían hacer las cosas, ya fuese para escribir una novela de piratas o para filmar Por un puñado de dólares.

La premisa constante de ambos autores estoy seguro de que sería: Si te pones a hacer algo, hazlo bien. Si tu dificultad está en la lejanía de tu objetivo, acércalo con tu mente tanto como puedas.

La depresión y suicidio del veronés y la temprana muerte del romano dejan abierta la incógnita de si hubieran podido seguir exprimiendo su genio para regalarnos algunas gotas más de su arte. El triste final de Salgari, arruinado y explotado por sus editores, refleja la injusticia del negocio literario con el artista comprometido. Aunque no tan dramática, para muchos, también la biografía de Leone reporta incomprensión y poco reconocimiento de los magnates del cine – para muestra el hecho de que Warner Bros recortara y ensamblara a su antojo su magnífica Érase una vez en América -.

Es el tiempo, al final, el juez soberano que ha acabado por dejar a los dos autores del lado de los grandes. Sus obras perdurarán como perduran las colas para entrar en la galería de los Uffizi. Hoy todavía darán la vuelta a la manzana.

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