Nunca haré un documental sobre las Rosas de Sarajevo

En mis documentales procuro mantener escondido mi punto de vista entre las imágenes y la voz de sus protagonistas. Para el forzado “no documental” de Sarajevo, hago todo lo contrario. Un poco de memoria histórica, reflexiones personales y algunos incidentes plasmados en un reportaje escrito y fotográfico sobre las experiencias de mi viaje a Bosnia-Herzegovina.

En junio de 2016 tuve la oportunidad de viajar a la ciudad de Sarajevo y conocer algunas de las poblaciones de Bosnia-Herzegovina. El documental Abandoned Berlin que había publicado pocos meses antes, y que seguía los pasos del curioso irlandés Ciarán Fahey por los sitios abandonados que proliferan en la capital alemana, había sido seleccionado en el VIVA Film Festival y la organización me invitó a asistir al festival.

A la vez que planificaba el viaje empecé a pensar cómo podría aprovechar mis días en los Balcanes para, además de hacer turismo y conocer gente, realizar un nuevo cortometraje documental. Fue Alba Vendrell, del blog La Barcelona que me gusta, la que durante una cena que tuvimos para conocernos en persona y comentar sus colaboraciones en Cultura Conectada me habló de las Rosas de Sarajevo.

La llegada a Sarajevo, la Guerra de Bosnia y las primeras rosas

Algunos pocos hechos pueden construir la imagen y percepción sobre cualquier cosa. En el caso de Sarajevo, la ciudad es conocida internacionalmente por el asesinato en 1914 del archiduque de Austria que inició la Primera Guerra Mundial, y por el largo asedio que sufrió durante la Guerra de Bosnia.

Con mi visita aprendí que actualmente Sarajevo es una de las capitales europeas más seguras. Una bella y pequeña ciudad, con poco más de medio millón de habitantes en su área metropolitana, en la que durante siglos han convivido de forma pacífica musulmanes, judíos, ortodoxos y católicos. Los bazares y las sinagogas se entremezclan entre animadas calles, minaretes y tranvías, por lo que la ciudad se ha ganado el merecido sobrenombre de “Jerusalén de Europa”.

Llegué al pequeño aeropuerto de Sarajevo y por primera vez me esperaban con un cartel con mi nombre. Saša, un joven y amable trabajador del festival, me llevó en su coche al hotel que se encontraba al otro extremo de la ciudad. El Viva Film Festival selecciona documentales con las temáticas de viajes, ecología y religión y se realiza de forma simultánea en un gran número de ciudades del país. Durante los días del festival, los realizadores invitados de distintos puntos de Europa formábamos una especie de comitiva que visitó todas las sedes.

La guerra de Bosnia estalló en 1992 por una combinación de factores políticos y religiosos, sumado a unas profundas crisis sociales que siguieron al final de la Guerra Fría y a la caída del comunismo en Yugoslavia. El conflicto duró poco más de tres años y dejó 100.000 muertos, civiles y militares, y casi dos millones de desplazados. Yo solo recuerdo algunas imágenes en los telediarios de mi época preadolescente.

La ciudad de Sarajevo tiene el triste récord de ser la ciudad que ha estado más tiempo asediada en la historia moderna. Durante 44 interminables meses su población vivió la guerra en primera persona. Las balas dejaron heridas en cuerpos y edificios, y miles de bombas exterminaron vidas y calles. Durante los 1.425 días del asedio del ejército serbio cayeron unas 470.000 granadas sobre la ciudad. Se estima que más de 12.000 personas murieron y otras 55.000 fueron heridas. Civiles en su gran mayoría.

En la reconstrucción de la ciudad, los boquetes del impacto de las granadas se rellenaron con una especie de resina roja. Realmente podrían parecer las cicatrices de una ciudad maltrecha que había resistido heroicamente a un duro ataque, pero la respuesta humana de hacer tripas corazón hizo que sus ciudadanos empezaran a llamarlas ‘Rosas de Sarajevo’.

Después de la guerra, las Rosas de Sarajevo se encontraban fácilmente por toda la ciudad. Hoy día muchas han desaparecido con las sucesivas remodelaciones. En 2008 un movimiento artístico empezó a reclamar su conservación y muchos ciudadanos se sumaron para mantener los símbolos de su historia reciente. El hilo narrativo del documental se iba esbozando poco a poco.

Gracias a una aplicación con mapa offline pude localizar fácilmente un gran número de Rosas de Sarajevo. Muchas estaban en la zona centro y me dispuse a conocer la ciudad mientras grababa las rosas y sus localizaciones. A medida que iba paseando me iba impregnando de la diversidad evidente de la ciudad. Las primeras Rosas de Sarajevo que encontré estaban en grandes avenidas comerciales, parques o cerca de iglesias. Me mezclé con la gente en mercados locales y disfruté de su café con poso.

Conociendo los Balcanes a través de sus heridas

En la inauguración del festival conocí a su carismático y amable director, Ratko Orozović, a la mayoría de realizadores invitados y a gran parte del equipo que también nos acompañaría en nuestro periplo por las distintas sedes del festival. En pocos días conocimos una pequeña parte de los Balcanes que seguía luchando una vez se había terminado la guerra para intentar mantener su personalidad y hacer crecer un país, compensando las pérdidas que había sufrido.

Visitamos un gran número de ciudades, pueblos e incluso industrias. La turística Mostar destaca por sus calles empedradas, las bellas vistas del río y los jóvenes que se juegan la vida saltando desde su famoso puente que hoy día sigue separando dos mundos: los bosnios musulmanes y los croatas católicos. Viven en una misma ciudad pero asisten a colegios y hospitales distintos, incluso contratan distintas compañías de teléfono.

En cualquier caso, la visita que más me impactó fue la del municipio de Vareš, una montañosa y pequeña localidad del cantón de Zenica-Doboj con una población que no llega a las 9.000 personas. La ciudad de Vareš está relacionada con la metalurgia desde la Edad de Bronce, y en la época romana ya era famosa por sus mineros y herreros. En 1992, las minas de hierro que daban trabajo a gran parte de la población cerraron por el estallido de la guerra. El Ejército de la República se hizo cargo de la ciudad y la población civil croata, entonces mayoría, huyó por miedo a ser ejecutada.

Hoy, las minas de Vareš siguen abandonadas como símbolo de un futuro perdido y en apenas 20 años su población ha descendido dos terceras partes. El pueblo acumula historia aunque hoy parece atrapado en un momento concreto del pasado, aislado de todo lo demás. Sus gentes se sorprendieron al vernos llegar al pueblo, e incluso sus vecinos pedían fotos con nosotros: nunca habían visto a una persona de color. Al visitar las minas abandonadas que se encuentran a las afueras del municipio, Goran Lukić, un divertido miembro del equipo del festival, detectó mi asombro e incluso me propuso realizar un documental siguiendo mi pasión por los sitios abandonados. Pero como dicen, eso ya sería otro artículo. Algún día haré un documental sobre las minas abandonadas de Vareš.

Más rosas, algunos pequeños incidentes y el soldado retirado

Después de varios días viajando con la caravana del festival, pude retomar las grabaciones de las Rosas de Sarajevo. Esta vez tenía que distanciarme del centro para grabar las rosas que se encontraban en barrios periféricos. El tranvía, que funciona las 24 horas del día, me acercó a barrios con grandes edificios llenos de arte urbano que clamaba no olvidar el genocidio de Srebrenica. Durante la guerra, el ejército serbio realizó una limpieza étnica y asesinó a más de 8.000 bosnios musulmanes en esa ciudad de la región de Vlasenica. Supuestamente, Srebrenica estaba declarada como zona segura por la Naciones Unidas y bajo la teórica protección de los cascos azules.

Otras rosas se encontraban en pequeñas barriadas ubicadas en la ladera de algunas de las muchas montañas que rodean Sarajevo. Al salir un poco del centro me sorprendieron los extensos cementerios que vestían un gran número de lápidas blancas. Realmente, la muerte ocupa una gran, visible y ordenada parte de la ciudad, a diferencia de España en la que suele esconderse o evitarse. Aunque seguro que es una planificación urbanística de hace muchos años, no podía evitar pensar que era una forma gráfica y evidente de recordar los muertos de la guerra. También me crucé con varios conjuntos de perros callejeros. Al principio me preocupé, pero los sorteé evitándolos con distancia. Parece ser que es habitual en la ciudad.

En un edificio de bastantes plantas de uno de los barrios periféricos, mientras grababa una rosa totalmente descuidada que se encontraba cerca del portal, me tiraron agua desde un balcón. No sabría decir si mi presencia suponía una molestia o simplemente fui víctima de una chiquillada. En algunos casos, las rosas tienen placas informativas o flores frescas. En otros, pasan prácticamente desapercibidas.

Ya de nuevo en la transitada ciudad, me crucé con un hombre mayor vestido con ropa militar y cuello palestino que repartía un pequeño dossier escrito a mano y con fotografías antiguas. Parecía un resumen de su vida. A pesar de que el idioma era una barrera, su mirada melancólica y ganas de ser escuchado me cautivaron. Sin duda, parecía ser uno de los combatientes de la Guerra de Bosnia. Me despedí amablemente no sin antes comprar uno de los dossiers con esperanzas de traducirlo. Quizá, ya puestos, algún día también sea motivo de reportaje o documental.

Hombre mayor con ropa militar
Hombre mayor con ropa militar repartiendo un dossier con su vida

La entrevista frustada, la clausura del festival y la vuelta a Barcelona

Ya había grabado prácticamente todas las Rosas de Sarajevo que tenía a mi alcance. Había documentado su estado actual, pero me faltaban los protagonistas para desarrollar el hilo narrativo del documental. Bueno, hay una tendencia a llamar documental a casi cualquier pieza que no sea de ficción. La idea que tenía en la cabeza quizá se aproximaba en ese caso más a un reportaje o entrevista. En cualquier caso, un pequeño documento audiovisual que narrara una porción de realidad.

La limitación del idioma me impidió entrevistar al soldado, o realizar una radiografía de la opinión de los ciudadanos de Sarajevo, ahora que la guerra ya estaba más sedimentada, en alguna situación real. Al fin y al cabo, las Rosas de Sarajevo mostraban visualmente las cicatrices todavía presentes en la ciudad de una guerra que no debería olvidarse. Unas cicatrices simbólicas, que muchos consideraban un homenaje y que algunas remodelaciones estaban borrando a modo de cirugía estética.

Jasminko Halilović es un joven autor y emprendedor de Sarajevo que fundó el primer museo del mundo dedicado exclusivamente a la experiencia que viven los niños durante la guerra, el War Childhood Museum. En 2008 publicó un escrito sobre la desaparición de las Rosas de Sarajevo que ganó muchos adeptos y un proyecto artístico que enlazaba siete rosas con siete historias reales de la guerra para resaltar la importancia de esas marcas en la ciudad. Estuve escribiéndome con él desde antes de llegar a los Balcanes, pero fue imposible realizar de forma presencial la entrevista en la que quería sustentar mi documental a pesar de mi insistencia. Lo intenté hasta el último momento, pero nuestras agendas y mi limitación de tiempo no se pusieron de acuerdo.

Era la última noche que pasaría en una ciudad con la que ya había creado varios vínculos, y también la entrega de premios y clausura del festival. Con algunos de los realizadores habíamos creado un buen y heterogéneo grupo de colegas para compartir la velada: una belga, una pareja italiana, una turca, una realizadora de Thessaloniki y yo. La ceremonia fue entretenida y con fiesta final. Me hizo mucha ilusión la inesperada Mención de Honor que recibió Abandoned Berlin, ¡esto había que celebrarlo!

Después de la fiesta de clausura, aunque todavía iba con la cámara a cuestas, fuimos a varios bares curiosos, un club de jazz y cerramos la noche en un concurrido bar musical. Ya de vuelta y con el amanecer amenazando, pude fotografiar la plaza Baščarsija y la fuente Sebilj, el icono de Sarajevo, sin ninguna persona alrededor. Algo realmente muy difícil -sería como hacer una foto a la Plaza Real de Barcelona sin gente- y que me recordó a cuando tuve Times Square sólo para mí (esto no daría para un documental pero sí fue una experiencia muy cinematográfica).

Cuando ya llegaba al hotel, un conjunto de perros callejeros a los que ya me había acostumbrado se sorprendió con mi presencia. Acabé subido a un quiosco al que escalé de la manera más torpe y precipitada alarmado por sus fuertes ladridos en una escena bastante cómica. Cuando se fueron, y ya con pocas horas para que saliera mi vuelo, por fin llegué al hotel.

Sonó la alarma y me desperté todavía en la vigilia. Empaqueté lo que me quedaba por recoger y bajé a esperar el taxi que había reservado. En pocos días había conocido a muchas personas y había vivido experiencias que recordaría durante mucho tiempo y que me vinculaba con esa pequeña ciudad y gran país para siempre. Mientras el avión despegaba, pensaba en cómo solventar de la mejor manera el contratiempo de la entrevista para dar forma al documental.

El giro inesperado, el proceso eterno y los proyectos inacabados

Después de varios días de vuelta a la normalidad en Barcelona retomé el contacto con Jasminko para que me enviara la grabación de su texto leído por él mismo. Después de varios cruces de correos, con la dificultad técnica como principal motivo, parecía que el joven emprendedor no estaba demasiado dispuesto a enviar nada. Pedí permiso para usar su texto y aunque la idea no me agradaba del todo, empecé a buscar alternativas de voz en el consulado de Bosnia-Herzegovina de Barcelona o empresas de locución en múltiples idiomas. Para pensar más alternativas, me dispuse a visionar el material que había grabado.

No me podía creer lo que estaba sucediendo. Encontré en mi ordenador las fotos del viaje, pero no los vídeos que había grabado. Fui descartando particiones, discos duros externos y tarjetas de memoria. Nada de nada. Después de rebuscar por formato y fecha en todos sitios, probé varios días con varios programas de recuperación de archivos borrados en todos los soportes. Tampoco funcionó. Todavía no sé exactamente qué pasó. Grabé las fotos al ordenador, y seguramente también los vídeos, pero en algún momento lo eliminé sin dejar rastro. Desde entonces, procuro hacer triple copia de todos mis materiales.

Estuve varios meses lamentando la pérdida. Y más tiempo hacerme a la idea de que nunca haría un documental sobre las Rosas de Sarajevo. A medida que he ido tomando distancia y perspectiva, y como en la mayoría de proyectos finalizados o no, me quedo con el proceso, aunque inacabado, y las experiencias vividas. Como reafirma Sergi Gómez, con el que comparto proyecto radiofónico, el propio proceso es la finalidad y tiene muchas formas.

Desde hace algunos años, cuando realizo cualquier viaje, pienso en algún tema que podría tratar en aquel destino. Dotar a un viaje de un leitmotiv como la grabación de un documental lo convierte en una especie de road trip experiencial, quizá sin moverse de un mismo lugar, que te permite conocer personas que nunca hubieras conocido, visitar lugares que nunca habrías pisado y empatizar con historias que desconocías. Ahora pienso en Walter DeForest y los días locos de Edinburgo, en entender el cambio que vivió Leonard Cohen en esa pequeña isla griega, en Danilo Collalti y la historia de su centenario taller de bicicletas en Roma, o en los amigos de Cultibar y los cabellos de Maradona en Nápoles, entre otras tantas experiencias. Puro aprendizaje.

Con Eva Carasol una vez pensamos en crear un espacio donde la gente pudiera publicar las ideas de sus proyectos inacabados, no tanto por falta de medios o imprevistos, más bien por falta de motivación o por priorizar otras cosas. Pero esa idea, como no podría ser de otra manera y casi como metáfora, también quedó inacabada.

El documental de las Rosas de Sarajevo es un proyecto que, como otros tantos, se quedará en el limbo de proyectos inacabados. Hace ya tiempo que pensé en cambiarle el formato, al que ahora finalmente ha mutado. Quizá es el formato que realmente debía de tener, quién sabe. En cualquier caso, yo lo doy por terminado.

¡Hasta el próximo viaje!

4 comentarios sobre “Nunca haré un documental sobre las Rosas de Sarajevo

  1. Donar a coneixar els símbols d’una guerra fratricida semblant a la que van patir en el nostre país és una idea explendida.
    M’han agradat les teves opinions, sobre la pèrdua de el material és una mala pasada

  2. Hola Jordi.
    M’agradat molt aquest document amb les teves vivències i reflexions del teu viatge a Sarajevo. Tens que tornar i poder finalitzar el documental i viure noves experiències i explicar-les perquè una persona com jo pugui viure aquestes experiències amb tu. Una abraçada Tete.

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