Ojos de forastero

Agosto de 2012. El hombre, cubierta la cabeza con un sombrero de paja de ala ancha, limpiaba las piedras una a una con un pincel. Tenía la cara roja por el sol. A su lado una mujer tomaba medidas y apuntaba notas en un cuaderno. No había nadie más, ningún equipo visible, ni maquinaria. Un coche se calentaba, a pleno rayo de sol, aparcado en un descampado cercano. Me pareció una imagen surrealista. «¿Qué buscan?», me pregunté. «Se habrán insolado», contestó una voz divertida dentro de mi cabeza. Detuve el coche y bajé a preguntar, por curiosidad.

—Estamos realizando una prospección arqueológica —dijo el hombre. Era evidente que ya lo habían interrogado antes.
—¿Aquí? —pregunté sin poder contenerme. Aquello era un páramo: una finca de naranjos, unos cuantos caballos pastando detrás de una valla y unos cien metros más adelante la estación de ferrocarril abandonada de Camarles con las plataformas donde en épocas anteriores se secaba el arroz. La torre o castillo de Camarles se halla bastante más cercana al inicio del pueblo, unos quinientos metros desde donde estaba el hombre con su pincel. Si había un sitio en el que se ameritaría realizar una «prospección arqueológica», era cerca de la torre, datada en el siglo XII y de estilo románico. No allí, en medio de la nada.

De la conversación con el arqueólogo, que puede haber sido Ricard Marlasca o alguien de su equipo, extraje algunos datos ciertos y muchas incógnitas que acicatearon una curiosidad que llevaba años engordando. La prospección correspondía al yacimiento de Lo Bordissal, descubierto en 1953 y en el que ya se habían encontrado cerámicas, figurillas y tallas de la época en que íberos, fenicios y griegos comerciaban en la península ibérica. Ahora, habían encontrado las ruinas de un edificio de grandes dimensiones datado entre los siglos IV y III a.C.

Lo extraño del descubrimiento es que no se corresponde con las típicas construcciones íberas. Como norma general éstas buscaban el abrigo de montañas o ríos. Y en este caso, ya lo he dicho, es un terreno plano que desciende hacia el Delta del Ebro. La teoría que a mí me ha parecido más factible es que se tratase de un mercado fenicio en el que se acopiaban productos para ser embarcados en las naves que comerciaban por el Mediterráneo. Pero, ¿tan lejos del mar? Allí surge entonces la pregunta de cómo era el Delta del Ebro en esa época.

Los estudios más recientes demuestran que tiene una antigüedad aproximada de ocho mil años. Fue ganando terreno al mar y llegaba —en la época que nos ocupa— hasta la Illa de Gràcia que se encuentra en Deltebre. Entre Lo Bordissal y la isla no hay más de 10 km en línea recta, por lo que la idea de un puerto no es descabellada. Otro dato interesante es un «diente» rocoso que bordea toda la zona, salvo donde está el yacimiento. Un descenso suave hubiese sido excelente para fondear las naves de aquella época.

Para un escritor como yo, imaginar la actividad de un mercado fenicio en las costas del Mediterráneo, supone todo un reto. ¿Y si a la luz de los descubrimientos arqueológicos se pudiese recrear la actividad en aquella época? No era la primera vez que me hacía esa pregunta, ni ha sido la última.

Llegué a Cataluña hace casi veinte años. No fue algo premeditado, no conocía la lengua, las costumbres o la historia. Me hubiese dado igual ir a vivir a otra parte de España o a otro país.

Como cualquier otro forastero, o quizás debido a que soy curioso por naturaleza, comencé a investigar mi nuevo entorno. Me había tocado en suerte la provincia de Tarragona y más específicamente Les Terres de l’Ebre. Así descubrí poblados de los ilercavones como el del Coll del Moro en Gandesa, las pinturas rupestres de Cabra Feixet en El Perelló y las de la sierra de Godall en Ulldecona. Visité castillos como el de Miravet, Ulldecona, La Suda, Amposta y Sant Jordi d’Alfama. Torres como La Carrova, L’Aldea, Campredó, La Fullola y Camarles. He recorrido pueblos medievales como Horta de Sant Joan y Batea… Me he enterado de la actividad de los piratas y corsarios en la Bahía del Fangar y la razón de las torres de guaita que jalonan el territorio. Y todo ello con viajar no más de 60 km desde el lugar en que residía.

Si venimos un poco más hacia aquí en la historia, me impresionó el estilo arquitectónico modernista de las catedrales del vino de Pinell de Brai o Gandesa, el antiguo Escorxador (matadero) de Tortosa o las casas de indianos: Torre del Millonari i Casa Ceremines en Xerta, me quedé impresionado al visitar Corbera d’Ebre, un pueblo destruido durante la Guerra Civil y cuyos habitantes se negaron a reconstruirlo, trasladándose más abajo y dejando como testimonio las ruinas de los bombardeos. He visto las trincheras que todavía subsisten a lo largo de la costa y las casamatas para artillería de la Segunda Guerra Mundial.

Este extraordinario patrimonio histórico–cultural no es privativo de Les Terres de l’Ebre. Se extiende, en muchos casos mejor conservado, por toda Cataluña. Es como internarse en un enorme museo que abarca desde la prehistoria hasta nuestros días. Para los ojos de los forasteros, como yo, parece algo que debería mostrarse. Hay muchas otras personas curiosas en el mundo. He buscado el dato y, en concreto, 12,6 millones de turistas internacionales visitaron España en 2018 para hacer turismo cultural.

¿Dónde van? Supongo que, a los museos, catedrales y palacios de las grandes ciudades, porque yo no me he encontrado con demasiados extranjeros en mis periplos. Es razonable, la gente va a lo conocido.

Por otra parte, he visto los esfuerzos que algunos ayuntamientos y consejos comarcales hacen para crear y difundir eventos relacionados con su patrimonio: mercados medievales, fiestas temáticas, semanas gastronómicas… También he leído estudios sobre el impacto positivo que tiene el turismo cultural en la reafirmación de la identidad de los habitantes de un territorio. Y es innegable el beneficio económico que conlleva para un pueblo o ciudad pequeña el hecho de que los turistas vayan a alojarse, comer y comprar recuerdos.

Permitidme intercalar otra anécdota: Hace unos años, mi esposa y yo decidimos pasar unos días en el Pirineo de Lleida, más precisamente en la Vall de Boí. Era otoño y por tanto no había tanto turismo como en verano o invierno. Un día fuimos a recorrer las iglesias románicas y vimos que en la Iglesia de Sant Climent de Tahull ofrecían una proyección de video mapping que reconstruía los frescos pintados en las paredes. Nos apuntamos.

Recordemos que, en 1920, los frescos de las iglesias románicas del Pirineo Catalán fueron arrancadas mediante el método del strappo, para evitar que pasaran a manos privadas como había sucedido con los del Castillo del Mur, que todavía se encuentran en el Museo de Bellas Artes de Boston.

Debo decir que dentro de la iglesia no cabía nadie más. También hay que destacar el silencio absoluto, quitando algún carraspeo o una tos. Nos quedamos boquiabiertos. ¡Espectacular! No supimos de dónde había salido tanta gente de tan diversa procedencia.

Mi cabeza de forastero curioso y, además escritor, comenzó a urdir una trama. Detrás de todo el patrimonio hay historias, leyendas, creencias populares y anécdotas. ¿Qué pasaría si pudiésemos escenificar escenas de la vida cotidiana en un pueblo medieval? ¿Un desembarco pirata en Cullera, Salou o Vilafranca? ¿Cómo reaccionarían los turistas a unas aurigas romanas rodando por las calles de Tarragona? Las posibilidades son infinitas. ¿Recrear una casa íbera con sus utensilios en el mismo sitio dónde están los restos del pueblo íbero? ¿Un festival de las torres de guaita? ¿Talleres en los que aprender cómo hacían los pigmentos y pintaban las pinturas rupestres?

Obviamente, al haber patrimonio histórico perteneciente a muchas épocas, sería necesario crear un hilo conductor que relacionase cada época y los enclaves en los que hay vestigios.

¡Hecho! La web de Patrimoni Cultural incluye esa línea del tiempo para contemplar las distintas épocas dentro de la historia y los links a los lugares. Aunque no está acabada, parece que hubiésemos tenido transmisión de pensamiento. ¡Bravo!

Estoy convencido de que queda mucho trabajo por hacer. Es necesario coordinar actividades en todo el territorio, incentivar a los ayuntamientos para que muestren su patrimonio y creen eventos periódicos que lo realcen. Resulta imprescindible fomentar la participación de los habitantes, crear equipos de trabajo y realizar una labor de investigación para que el relato sea consistente y atractivo. Lo más complicado: financiación. Uno de los prejuicios a erradicar es la idea de que la cultura es un gasto. Si unimos la cultura y el patrimonio al turismo, pasará a formar parte de la gran industria sin chimeneas. Como en toda industria, se ha de producir el mejor producto posible para atraer al consumidor y, además, utilizar el marketing para venderlo.

Al menos, así lo veo yo desde mis ojos de forastero.

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