El Camino de Santiago: una ruta plagada de misterios

El Camino de Santiago, con más de 1.200 años de existencia, está envuelto de un halo de misterio que nos deja muchas más preguntas que respuestas: ¿De quién son en realidad los restos que hay en la cripta de la catedral compostelana? ¿Dónde está el Santo Grial del camino? ¿Cuál es la relación del camino con la Vía Láctea? ¿Por qué la pata de oca es tan simbólica en la ruta jacobea?

El Camino de Santiago, más allá de su belleza, de su tradición, de su esfuerzo y del gran pozo cultural que atesora, encierra una gran cantidad de misterios que doce siglos de existencia han servido más para engrandecer que para resolver.

Sin duda, uno de los grandes misterios del camino es cómo llegan al noroeste de la Península Ibérica unos restos de un apóstol de Jesús de Nazaret que murió en Palestina. Dice la tradición que dos de sus discípulos de Santiago tomaron a escondidas su cuerpo decapitado, lo embarcaron en Haifa al abrigo de la oscuridad de la noche, y sin velas, remos ni timón, con la única ayuda de las corrientes y la providencia divina, el bote navegó y navegó, se internó en el Atlántico, y fue a varar en lo profundo de la ría de Arosa. Ahí, tomaron unos toros bravos que convirtieron en bueyes, cargaron el sarcógafo con los restos de Santiago y los animales se detuvieron en el bosque de Libredón. Los discípulos comprendieron que ese era el lugar elegido por el propio santo para reposar. Enterraron los restos de Santiago en un arca de mármol, y construyeron un pequeño altar para señalizar el lugar. Posteriormente se cree que durante las persecuciones de Decio y Diocleciano los restos se ocultaron para que no fueran profanados. Y ahí, año tras año, siglo tras siglo, quedaron en el olvido durante casi ochocientos años, hasta que el eremita Pelayo reencuentra los restos a inicios del siglo IX.

El monarca que domina sobre ese territorio, Alfonso II el Casto, rey de Asturias, se desplaza desde Oviedo para certificar la veracidad de los restos, y llegado al lugar, manda construir un pequeño santuario y comunica el gran hallazgo a las autoridades mundiales, es decir, al emperador Carlomagno y al papa León III. Ese pequeño santuario es el lugar exacto donde hoy se yergue la catedral de Compostela. Es posible que todo esto pueda parecer al lector una pura ilusión. Pero habrá que tener siempre presente la frase de Salustio refiriéndose a los mitos clásicos: “Hay cosas que quizá no sucedieron nunca, pero existen desde siempre y para siempre”.

¿Cómo sabemos que se trata de los restos de Santiago? Es imposible saberlo. Existen teorías para todos los gustos. Lutero dudaba de si era un caballo o un perro lo que había enterrado en Compostela, pero tenía claro que no eran los huesos de un apóstol. Y la tesis de que los restos son en realidad de Prisciliano gana adeptos con los años.

Lo único cierto es que nunca se ha realizado prueba alguna a los restos, al menos en época contemporánea, cuando ya disponemos de los medios, sino para dar certezas, al menos sí para descartar hipótesis. Con todo, reina un consenso tácito de que las pruebas no nos conducirían a nada que no sepamos ya.

Otro de los misterios que encierra el camino guarda relación con el Santo Grial. Dos lugares del camino reivindican la custodia del Grial: San Juan de la Peña, en el camino aragonés, y León, en el camino francés. La historia del grial viajero de San Juan de la Peña arranca en el siglo III, cuando San Lorenzo, natural de Huesca y diácono del papa Sixto II en Roma, entregó en custodia, justo antes de morir martirizado, el cáliz de la última cena a un legionario para que lo llevase a su ciudad natal. Con las invasiones musulmanas, los habitantes fueron llevando el grial de un poblado a otro, cada vez más al norte, acorde con las nuevas conquistas, hasta que llegó a Jaca y, posteriormente, al monasterio de San Juan de la Peña. Ahí estuvo varios siglos para goce y disfrute de millones de peregrinos, hasta que el rey de Aragón, Martí l’Humà, se lo llevó a Barcelona en 1399. Unos años después (1437) Alfonso V el Magnánimo consideró que era Valencia quien merecía hospedar tan digna reliquia. Ahí sigue hoy en día, en la catedral de Valencia, mientras que el grial que hay en San Juan de la Peña es una copia del valenciano.

Un símbolo del ocultismo del camino es la pata de oca, que la encontramos por ejemplo en la cruz del Cristo de Puente la Reina, y que habría evolucionado hasta llegar a la forma de la concha, que de este modo no provendría de la vieira, sino de las palmípedas.

Cuenta una teoría ampliamente extendida que el popular juego de la oca estaría basado en una creación de los templarios en el siglo XII y que no es otra cosa que una representación criptográfica del camino, donde se suceden casillas entrelazadas que te hacen avanzar (¿albergues hospitalarios?) alternándose con peligros que te detienen o donde incluso encuentras la muerte, todo ello aderezado con otras casillas como los puentes, relacionados con las construcciones de Puente la Reina, Logroño o Santo Domingo.

Según esta óptica, las casillas podrían corresponder a puntos determinados del camino, y esconderían un lenguaje criptográfico que solo los templarios más iniciados serían capaces de descifrar. El tablero era una guía de conocimiento, un mapa secreto de ida y vuelta del camino. Los templarios no lo utilizaban como juego, sino como un modo eficaz de recordar los lugares clave y de formar a los no iniciados. Solo los profanos veían un juego donde en realidad había conocimiento y comunicación secreta. No sería extraño, puesto que está documentado que los templarios utilizaban un alfabeto propio para encriptar los documentos y protegerlos de terceros.

Otra asidua referencia de misterio para los peregrinos es la Vía Láctea. En la Edad Media se generalizó la idea de que el Apóstol Santiago había marcado en el cielo el camino que conducía hasta su tumba. Y de algún modo, al igual que la estrella de Belén guió a los reyes de oriente hasta el portal, la senda blanquecina y luminosa de la Vía Láctea marcaba a los peregrinos la ruta a seguir. Y así, la ruta jacobea no era otra cosa que la representación en la tierra de lo que la Vía Láctea era en el cielo.

Hoy sabemos que esa ‘vía’ se trata en realidad del cuerpo central de la galaxia visto desde nuestra visión periférica de la misma galaxia, pero en ese imaginario medieval el propio nombre de ‘vía’, que aún conservamos, abundaba en la idea de un camino, de una trayectoria.

El camino era conocido como ‘la ruta de las estrellas’ y seguramente por eso se popularizó la leyenda de que Pelayo había descubierto los restos del santo precisamente porque se lo habían indicado las estrellas. No debemos minusvalorar la fuerza de este argumento, pues al fin y al cabo del campo de estrellas, del Campus Stellae, proviene el nombre de Compostela.


El misterio y el ocultismo es uno de los filones que explota el escritor Héctor Oliva en su reciente libro El Camino de Santiago en 150 preguntas y un misterio por resolver, publicado por Editorial Base en este 2021. Se trata de un libro muy ameno y de agradable lectura que aborda distintas vertientes del camino, desde asuntos prácticos y de información básica, hasta detalles de historia, de ocultismo y de infinidad de curiosidades. De manera fácil y sencilla, Héctor Oliva aborda en su libro preguntas como ¿por qué los nazis se escondieron en el camino?, ¿cuál es el misterio de las iglesias octogonales del camino?, ¿en qué país el camino podía y puede librarte de la cárcel?, ¿es cierto que el camino ya existía en tiempo de los romanos? El Camino de Santiago en 150 preguntas y un misterio por resolver puede adquirirse en librerías y en www.camino150.com

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