Más de una década de canciones y escenarios avalan a una banda canaria con un sonido pop que nada tiene que envidiar al de los grupos más consolidados de la Península. Al frente, la voz, el desparpajo y la personalidad de Beatriz Pérez.
Hay grupos que uno busca y otros que, sencillamente, se encuentra. A Última Llave los descubrí casi por casualidad, como teloneros de Maldita Nerea en un concierto celebrado en la plaza de Candelaria de Santa Cruz de Tenerife. No había ido hasta allí para escucharlos y apenas sabía de ellos, pero aquella noche me gustaron sus canciones, su desparpajo sobre el escenario y un sonido pop que, desde el primer momento, me pareció perfectamente comparable al de cualquier grupo puntero de la Península. Y, dentro de aquel conjunto, había además algo —o, para ser más preciso, alguien— que terminaba por llamar especialmente la atención: Beatriz Pérez, la cantante del grupo.
Después ocurrió lo que suele suceder cuando un descubrimiento musical merece la pena: empecé a acumular canciones de Última Llave en Amazon Music, a seguir la trayectoria de la banda y, casi inevitablemente, también a seguirla a ella. Cuanto más los he escuchado, más difícil me ha resultado entender que, después de más de una década de trayectoria, continúen siendo todavía unos relativos desconocidos para buena parte del público peninsular.
Última Llave nació en Arucas, Gran Canaria, en 2012 y desde entonces ha ido haciendo camino sin demasiados atajos. Ellos mismos han reconocido que nunca dieron un gran salto, sino muchos pequeños pasos. Quizás sea esa una buena manera de explicar una trayectoria construida a base de canciones y, sobre todo, de escenarios. Ya Eres tú los llevó en 2016 a realizar más de sesenta conciertos por Canarias; con Buen Viaje, su primer disco, publicado al año siguiente, llegaron muchas más actuaciones, y la gira Subiendo al cielo superaría posteriormente las ochenta. Algunos de sus temas alcanzaron el número uno en LOS40 Canarias y El Baile rebasó el millón de reproducciones en redes sociales. No hablamos, por tanto, de una banda que acaba de empezar. Última Llave lleva mucho tiempo tocando, grabando y buscando su sitio.
Si algo, al menos para quien esto escribe, hace inmediatamente reconocible al grupo es la voz de Beatriz Pérez. Una voz con personalidad propia, de esas que apenas necesitan unos segundos para que sepamos quién está cantando. No creo que su principal virtud sea la potencia —aunque no le falte—, sino sus matices, la facilidad con la que pasa de la intimidad de una estrofa a un estribillo mucho más abierto y, especialmente, esa mezcla de dulzura y carácter que imprime a las canciones. Se ha hablado de versatilidad, frescura y sensualidad para definirla. No me parece desacertado. Yo añadiría algo más sencillo: Beatriz canta con naturalidad. Sin amaneramientos, sin necesidad de convertir cada canción en una exhibición vocal. Y eso, en tiempos de voces que demasiadas veces terminan pareciéndose unas a otras, no es precisamente poca cosa.

Basta recorrer algunas canciones para comprobarlo. Eres tú pertenece a aquella primera Última Llave que comenzaba a encontrar su sitio; Subiendo al cielo muestra ya a una banda mucho más reconocible, y 13 de febrero, probablemente uno de los temas que mejor permiten acercarse a ellos, reúne buena parte de sus virtudes: melodía, una letra que entra sin dificultad y una Beatriz especialmente convincente. Después vendrían Duele, Veneno, Tu foto, Lo dejamos caer o Fuego, hasta llegar a trabajos más recientes y a LIMBO. Naturalmente, el grupo ha evolucionado, pero permanece algo que no siempre resulta fácil conservar cuando pasan los años: basta escuchar unos compases para saber que estamos ante Última Llave.
La trayectoria de Beatriz Pérez merece algunas líneas propias. En 2019 participó en La Voz y consiguió llamar la atención de los cuatro coaches durante las audiciones a ciegas. Formó parte inicialmente del equipo de Pablo López y continuó después con Luis Fonsi. El programa le proporcionó una visibilidad nacional difícil de alcanzar entonces desde Canarias, pero sería injusto presentarla como «una cantante salida de La Voz». Cuando llegó al concurso llevaba ya años recorriendo escenarios con Última Llave. La Voz fue un escaparate, no el comienzo de la historia.
Quizás diga todavía más de ella lo que ocurrió después. Cuando en una entrevista le preguntaron si alguien había tratado de convencerla para abandonar la banda y emprender una carrera en solitario, respondió con un espontáneo «No, que se atrevan». Hay bastante de Beatriz Pérez condensado en esas cuatro palabras. Última Llave tiene en ella su rostro más reconocible y seguramente también su principal signo distintivo, pero Beatriz siempre se ha reivindicado como parte de una banda. Adrián Marrero, guitarrista y compositor, constituye asimismo uno de los pilares de un proyecto cuya formación ha experimentado algunos cambios con el paso del tiempo.
Beatriz se ha acercado, además, a otros registros, ha colaborado con diferentes artistas y ha reconocido que precisamente aquello que musicalmente conoce menos es lo que más curiosidad le despierta. Esa inquietud ayuda a explicar una versatilidad que no parece forzada. Y está, naturalmente, su presencia sobre el escenario: desenvuelta, cercana y con ese punto de desparpajo que ya me llamó la atención aquella primera noche en Santa Cruz de Tenerife y que permite entender por qué su personalidad ha terminado siendo inseparable del sonido del grupo.

La pregunta resulta inevitable: ¿por qué una banda con semejante recorrido mantiene todavía en la Península una presencia menor de la que cabría esperar? Parte de la respuesta probablemente esté en esos dos mil kilómetros de Atlántico que separan Canarias de Madrid. Para un grupo musical, cada desplazamiento significa billetes de avión, instrumentos, alojamiento y unos costes que una banda instalada en la Península puede reducir considerablemente. Los propios integrantes de Última Llave han hablado de ese condicionante y de las dificultades añadidas que supone desarrollar desde las islas una carrera de alcance nacional. Pese a ello, en 2023 emprendieron una gira que los llevó por más de veinte ciudades españolas y que terminó en el Café Berlín de Madrid.
Última Llave no necesita demostrar que sabe desenvolverse sobre un escenario: lleva más de una década haciéndolo. Tampoco Beatriz Pérez necesita acreditar que puede cantar ante una audiencia nacional. Ya lo hizo. Quizás lo que falte sea simplemente que sus canciones encuentren fuera de Canarias el público que el grupo ha ido reuniendo pacientemente dentro de las islas.
Ellos dicen que su objetivo es disfrutar del camino. Y seguramente hacen bien. En una industria demasiado pendiente en ocasiones de llegar antes que los demás, Última Llave ha preferido continuar caminando.
Yo me los encontré una noche en la plaza de Candelaria cuando había ido a escuchar a Maldita Nerea y desde entonces no he dejado de seguirles la pista. Primero fueron unas cuantas canciones; luego, muchas más acumulándose en Amazon Music. Volví a verlos en Los Llanos de Aridane y, recientemente, en el Museo Elder de Las Palmas de Gran Canaria, mientras seguía esperando cada nueva canción. Y, en paralelo, también crecía el interés por aquella cantante que consiguió aquella primera noche que desviara por unos minutos mi atención del grupo al que había ido a escuchar.
Si alguien en la Península llega hasta estas líneas sin haber oído nunca a Última Llave, me permitiré una recomendación: busque cualquiera de sus canciones y espere a que empiece a cantar Beatriz Pérez. Después hablamos.
