Mónica Sánchez.- El oficio de actriz

Actriz de teatro, cine y televisión, productora, directora de casting y formadora de intérpretes, Mónica Sánchez ha construido una trayectoria marcada por la versatilidad, la formación continua y una concepción exigente del oficio.

«En el bueno«. Cuando en 2019 le preguntaron en qué tipo de teatro se encontraba más cómoda, Mónica Sánchez no eligió entre la comedia y el drama, entre los clásicos y los contemporáneos. Eligió, sencillamente, el buen teatro: aquel que cuenta con un buen texto, una buena sala, un buen elenco, una buena producción y una buena dirección.

Tampoco parecía interesarle demasiado quedar asociada a un registro concreto. En una profesión donde un éxito puede terminar por encasillar al intérprete, defendía una idea mucho más amplia del trabajo actoral: «el actor nace y se hace para lo que le echen». Pocas frases permiten acercarse mejor a su manera de entender la interpretación.

Mónica Sánchez pertenece a esa clase de actrices cuya trayectoria no se explica por un único personaje ni por un éxito aislado, sino por la continuidad. Teatro, cine, televisión, locución, doblaje, producción y formación de actores forman parte de un recorrido construido durante años y sostenido por una preparación poco común.

Su formación principal tuvo lugar en Estados Unidos. Entre 1995 y 1999 estudió en la University of Massachusetts Boston, donde obtuvo la licenciatura en Arte Dramático, además de un MFA in Acting. Aquellos años constituyen algo más que un episodio formativo: sitúan el origen de su carrera profesional en un contexto internacional y explican en parte la amplitud de registros que posteriormente ha desarrollado. La formación, sin embargo, no terminó allí.

Entre 2003 y 2005 continuó trabajando el teatro físico en Berlín, en la Theaterschule Rixdorf. Más tarde llegarían estudios y talleres de antropología teatral, cuerpo, voz, movimiento, danza para actores, interpretación y dirección escénica, además de formación vinculada a la actuación audiovisual. En 2015 participó, asimismo, en un taller impartido por Christa Mountain, actriz, coach y directora vinculada al Actor’s Studio Drama School de Nueva York.

Ese aprendizaje permanente parece una constante en su carrera. No se trata solamente de acumular técnicas, sino de ampliar las herramientas disponibles para afrontar personajes distintos y medios diferentes. De alguna manera, su formación confirma aquella afirmación hecha años después: el actor debe estar preparado «para lo que le echen».

Mónica Sánchez en «Llámame Butterfly«, interpretando el «Ancora passo or via«.

Es sobre los escenarios, en cualquier caso, donde mejor puede seguirse la continuidad de su trayectoria. En su currículo aparecen montajes muy diversos: La flauta mágica, Un tranvía llamado Deseo, La zahorina, Butterfly, El caballero extravagante, Rojo, La letra doblada, Hamlet, El amor es un arte o Don Juan Tenorio, además de otros espectáculos y producciones musicales. Clásicos y contemporáneos, comedia y drama, teatro textual y propuestas de otra naturaleza han ido configurando una carrera que rehúye precisamente aquello contra lo que ella misma advertía: el encasillamiento.

Existe, no obstante, una inclinación personal especialmente reveladora. Cuando en 2019 habló sobre los personajes que más le atraían, Mónica Sánchez señaló a las mujeres del siglo XX. Su interés no respondía simplemente a una preferencia histórica. Veía en ellas a mujeres que habían tenido mayores oportunidades de expresar su pensamiento y de decidir cómo querían situarse en la sociedad y en el mundo. Entre los personajes que recuerda con especial afecto aparece Virginia Woolf, a la que define desde la literatura, el modernismo y el feminismo, pero sobre todo mediante una expresión particularmente significativa: «una libre pensadora». La elección dice bastante de la actriz. Porque junto a la voluntad de interpretar registros distintos aparece también el interés por personajes que plantean ideas, conflictos y maneras de estar en el mundo. No se trata únicamente de representar, sino de encontrar un texto, una dirección y un personaje capaces de justificar el esfuerzo que supone volver una y otra vez al escenario.

También el cine forma parte de ese camino. En 2016 intervino como actriz principal en Hamlet, que nunca fue rey en Dinamarca, dirigida por Antonio García Cánovas, y al año siguiente protagonizó La voz al otro lado, igualmente bajo la dirección de García Cánovas. Su filmografía incluye además otros largometrajes y cortometrajes, dentro de una trayectoria audiovisual que ha discurrido paralela a su trabajo teatral.

Pero hablar de Mónica Sánchez únicamente como intérprete sería insuficiente. Desde enero de 2012 figura al frente de Hybri2 Producciones-Hybri2 Compañía Teatral, donde desarrolla tareas de gerencia y producción sin abandonar el escenario. Esa doble condición resulta especialmente significativa. Producir un espectáculo implica intervenir en todo aquello que precede a la función y que el público raras veces ve: conseguir recursos, coordinar equipos, resolver espacios, organizar representaciones y hacer posible que una obra concebida sobre el papel termine por existir ante los espectadores. En Canarias, además, esa labor adquiere una dimensión particular. La insularidad, la movilidad entre islas, los costes y la limitada continuidad de determinados circuitos convierten la producción teatral en una tarea que exige tanta constancia como vocación.

Mónica Sánchez en «Un tranvía llamado deseo«.

Su compromiso con el oficio se proyectó también hacia la representación profesional. Entre enero de 2018 y enero de 2022 ejerció como secretaria de Organización de la Unión de Actores de Canarias. No era, por tanto, una actriz preocupada exclusivamente por su propia carrera, sino también por las condiciones de quienes compartían profesión con ella.

Esa preocupación por el sector aparece igualmente en sus reflexiones sobre las nuevas generaciones. Cuando en 2019 se planteaba la mayor presencia de actrices que de actores en Canarias, Sánchez hablaba de una cuestión generacional y observaba cómo las escuelas de teatro de los municipios comenzaban a mostrar un mayor equilibrio. Para ella, las nuevas generaciones se estaban acercando cada vez más al teatro como parte de su formación y de su crecimiento personal. No es difícil advertir en esa mirada algo de quien lleva años contemplando el oficio desde dentro.

Uno de los proyectos en los que esa concepción amplia del teatro se hizo especialmente visible fue Cinco actrices y un destino, estrenado en 2019 en el Teatro Guiniguada. Junto a Sara Guerra, Mónica Aguiar, Nayra Ortega y Mónica Lleó, Sánchez participó en una propuesta concebida como una miscelánea de registros, personajes y emociones. Comedia, tragedia, ternura, humor, sarcasmo o situaciones dramáticas se sucedían en pequeñas piezas interpretadas por cinco mujeres con trayectorias consolidadas. El propio planteamiento de la obra parecía dialogar con su manera de entender la interpretación. Cada actriz afrontaba registros distintos y el espectáculo reivindicaba, al mismo tiempo, la presencia de las mujeres sobre el escenario y la necesidad de ofrecerles personajes y textos capaces de escapar de los lugares comunes.

Posteriormente, Mónica Sánchez participaría en ALTyBAJAS, escrita y dirigida por Mónica Lleó, junto a Carol Cabrera. Dos actrices coinciden en una audición de El sueño de una noche de verano y, a partir de ese encuentro, comienzan a despojarse de máscaras, inseguridades, verdades y mentiras. Una obra sobre actrices que, inevitablemente, acaba hablando también sobre el propio oficio de actuar.

Más recientemente ha vuelto a trabajar bajo la dirección de Leonardo Reyes en Potestad, de Eduardo Pavlovsky, junto a Roberto Kuzmanich y con producción de Hybri2. Un texto intenso y exigente que prolonga esa voluntad de enfrentarse a materiales distintos y de no instalarse en un único territorio interpretativo.

Mónica Sánchez en «Miguel«, en recuerdo al poeta Miguel Hernández.

A estas alturas de su trayectoria, Mónica Sánchez ocupa prácticamente todos los espacios posibles alrededor de una escena. Interpreta, produce, trabaja en dirección de casting, prepara actores y acompaña a otros intérpretes en procesos como audiciones y self-tapes. La experiencia acumulada deja de ser entonces únicamente patrimonio propio y se convierte también en herramienta para otros. Quizá ahí radique una de las claves de su carrera.

Permanecer durante años en el teatro constituye una forma de resistencia. Cada espectáculo nace sabiendo que terminará. Se ensaya durante semanas o meses, se representa durante un tiempo y finalmente se apagan las luces. Entonces comienza otra vez la búsqueda: un nuevo texto, otro personaje, otra producción, otro escenario. Pocas profesiones obligan tantas veces a empezar de nuevo. Y, sin embargo, algunos continúan. Mónica Sánchez continúa.

Lo hace después de una formación iniciada en Massachusetts y prolongada en Berlín y Canarias; después de años de teatro, cine y televisión; después de producir sus propios espectáculos, representar a sus compañeros de profesión y ayudar a otros actores a preparar su trabajo. Quizá por eso resulte difícil escoger un personaje para resumir su carrera. Sería reducir demasiado una trayectoria que parece haberse construido precisamente en sentido contrario: ampliando registros, aceptando retos y evitando etiquetas.

Al final, tal vez la mejor definición siga siendo aquella que ella misma ofreció casi de pasada. El actor nace y se hace para lo que le echen. Y en ese «hacerse», una y otra vez, parece residir buena parte del oficio de Mónica Sánchez.

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