La montaña misteriosa

Cuando por fin avistamos la icónica forma de Montserrat, la emoción se propagó por todo el coche. Yo y mis dos amigos, Marc y David, hacía mucho tiempo que queríamos asistir a una de las famosas quedadas para avistar OVNIs que se realizan en la llamada montaña mágica. Montserrat es el escenario de un gran número de historias y leyendas. De hecho, fue una luz en el cielo lo que guió a los pastores que encontraron la imagen de la Virgen de Montserrat en el año 880. Los nazis, bastante después, también estuvieron allí buscando el Santo Grial.

I

David dejó el coche en el aparcamiento del Hotel Bruc, el punto de encuentro de los amantes del misterio. Sin duda, era el sitio ideal para este tipo de eventos, un edificio con mezcla de arquitectura orgánica y elementos que recuerdan a la ciencia ficción. Su forma hexagonal, elevada por unas altas columnas y presidido por un gran letrero luminoso de color verde, lo hacían digno escenario de cualquier película de terror.

Los encuentros para observar el cielo se organizan las noches del día once de cada mes, desde hace más de cuarenta años, sea festivo, llueva o haya fútbol. La elección del día no es casual, es un homenaje al suceso más relevante en la historia de la ufología española: el Caso Manises. El 11 de noviembre de 1979, el vuelo comercial JK-297 que cubría la ruta Palma de Mallorca-Tenerife tuvo que realizar un aterrizaje de emergencia en el aeropuerto valenciano debido a que le seguía un objeto con luces rojas que realizaba maniobras imposibles a gran velocidad. Un avión del ejército intentó darle caza sin éxito y en el Congreso de los Diputados se pidieron explicaciones. El caso sigue sin resolver.

Entramos expectantes. La cafetería parecía que no había sufrido ningún rediseño desde los años sesenta y una gran barra de acero serpenteaba el recinto repleto de mesas, casi todas llenas. Empezamos a identificar a los asistentes entre el resto de clientes. Se pueden clasificar tres tipos de perfiles en este tipo de eventos. Están los curiosos, que suelen venir de forma ocasional con ganas de mofa y alguna cerveza de más. También los frikis, interesados en los reptilianos, la tierra plana o en cualquier teoría de la conspiración. Y, por último, los que habíamos bautizado como “becarios del misterio”, personas con interés por la ciencia y la historia que abordan cualquier temática paranormal de forma escéptica pero sin prejuicios. Nos gustaba pensar que nosotros pertenecíamos a este último grupo. Compartíamos nuestra pasión por el misterio y algún día aspirábamos a tener nuestro propio programa de radio. De hecho, yo siempre llevaba encima mi cuaderno de campo y una grabadora para tomar declaraciones o entrevistar a posibles testigos.

Hotel Bruc
Hotel Bruc, punto de encuentro de los amantes de la ufología.

Marc identificó a un par de youtubers del misterio, bastante conocidos, que siempre andaban juntos. Pedimos unos bocadillos de calamares y unas cervezas, y nos ubicamos en una mesa cerca de la puerta principal para tener controlada la sala.

Esperábamos a que llegara el contactado Luis J. Grífol, el iniciador de esas quedadas, para que nos llevara a la famosa explanada donde se realizaban los avistamientos. Mientras, entablamos conversación con el grupo de chicos de la mesa de al lado. Entre ellos había un físico que teorizaba sobre la materia oscura y el tipo de tecnología que debían utilizar las supuestas aeronaves alienígenas para realizar el tipo de maniobras que se les atribuía. Yo lo grabé todo.

Cuando estaban a punto de dar las once, Grífol apareció en escena. Era un hombre de avanzada edad, con cierto aire andrógino y que transmitía calma, mucha calma. En múltiples entrevistas había explicado cómo en los años setenta empezó a tener las primeras sensaciones, avistamientos y contactos con seres de otros planetas. Sus declaraciones no dejaban indiferente, y muchos se lo tomaban a broma, pero llegó a realizar una conferencia sobre OVNIs en la mismísima Cámara de los Lores de Gran Bretaña.

Luis J. Grífol, a la derecha, en la cafetería del Hotel Bruc.

Después de una rápida ronda de saludos, todos los participantes nos levantamos para dirigirnos en coche a la explanada. Justo cuando estábamos saliendo, un chico joven nos preguntó si podía subir con nosotros. Se llamaba Bernat, había venido solo y no tenía medio de transporte. Parecía totalmente indefenso, era muy blanco de piel y de aspecto tímido.

—Claro, no hay problema —le dije mientras nos subíamos al vehículo. David conducía y Marc estaba de copiloto. Ya en marcha, nos presentamos y empecé a preguntar.
—Yo me llamo Juan. Ellos son Marc y David. ¿Cómo has llegado hasta aquí?
—He venido desde Rubí haciendo autostop. Una pareja muy maja me ha dejado en la gasolinera y he llegado caminando hasta el hotel —contestó Bernat con un acento catalán muy marcado. Ya en marcha, saqué la grabadora y Bernat accedió a que le hiciera algunas preguntas.
—¿Qué expectativas tienes para esta noche?
—Yo lo que quisiera transmitir es tranquilidad. Debemos aceptar las cosas tal y como se desarrollen. ¿Expectativas? La naturaleza misma.

Los tres cruzamos nuestras miradas después de la curiosa respuesta.

—Realmente pareces muy relajado —apuntó Marc intencionadamente.
—Al contemplar las estrellas uno ya se siente tranquilo y sereno al ver que el hogar no es sólo el planeta Tierra sino el universo entero. —Vi el filón y seguí preguntando.
—¿No tienes miedo a nada? ¿Qué crees que pasará si realmente vemos algo?
—La oscuridad nos evoca un poco de miedo, pero incluso así entran ganas de pasar la noche en el bosque mirando al cielo. Creo que debemos confiar, experimentar la naturaleza. Es la sensación que tengo. —Cuando todavía estaba asimilando la respuesta, llegamos a la explanada y paré de grabar.

Era noviembre y hacía un frío del carajo. A pesar de ello, había un número considerable de asistentes, incluido un grupo de vascos que estaban de viaje y habían aprovechado la oportunidad para acercarse con su furgoneta, sillas y cervezas.

Estuvimos charlando con los distintos grupos de asistentes, grabando testimonios de varios avistamientos ocurridos en la zona, desde grandes objetos negros volteando a plena luz del día las agujas de Montserrat a luces avistadas en grupo en otros días once. Nuestro principal objetivo era entrevistar a Grífol pero no volvió a aparecer después de su llegada al hotel. A pesar de la variedad de personajes, no perdí de vista a Bernat, que observaba todo minuciosamente y hablaba pausadamente con varios asistentes.

Llevábamos casi tres horas sin haber visto nada extraño en el cielo y cada vez quedaba menos gente en la explanada. Teniendo en cuenta que al día siguiente trabajábamos, David comentó de partir hacia Barcelona. A Marc y a mí nos pareció bien, pero antes acordamos comentarle a Bernat si quería bajar con nosotros.

—Sois muy amables, pero prefiero quedarme —dijo Bernat declinando la oferta.
—Pero si ya no queda casi nadie y no tienes medio de transporte —evidencié.
—Quiero que la noche se desarrolle sin depender de la logística—entendí que no había manera de hacerle cambiar de opinión.
—Bueno, al menos dame tu número de teléfono por si te pasa algo o para avisarte si volvemos a otra quedada.
—No he traído mi teléfono móvil por los campos electromagnéticos que generan las aeronaves, pero no hay problema en hablar para otra quedada.

Sonreí. No sabía hasta qué punto Bernat teatralizaba o realmente tenía esa pose, pero había muchas cosas en él que me despertaban interés y curiosidad.
Marc y David ya estaban resguardándose dentro del coche con el motor encendido. Me intercambié el número de teléfono con Bernat y nos despedimos con un apretón de manos.

Escucha la grabación de nuestra visita a Montserrat
Algunos nombres de la grabación y del texto han sido modificados.

II

Encendí el cigarro de liar con el mechero largo y ya casi sin gas de la cocina. La primera calada se mezcló con el olor del fuerte caldo de la vecina del primero, pero igualmente me supo a gloria y saqué el humo en un gran suspiro. Fumar en el pequeño fregadero de la cocina se había convertido en uno de los pocos momentos de tranquilidad del día.

Desde que Ana se había quedado embarazada tenía prohibido fumar dentro de casa. El espacio disponible para mi nicotinoso vicio se había reducido a un pequeño tragaluz, a modo de salida de humos, que desembocaba en un concurrido patio de luces de la calle del Cometa del barrio gótico de Barcelona.

Siempre había deseado una vida de viajes investigando misterios, como una suerte de Indiana Jones, pero en formato periodista de lo paranormal. Mi pasión, que con el tiempo ya casi rozaba la obsesión, eran los programas de divulgación y tertulia de ciencia, historia, y todo lo relacionado con la ufología y las teorías de la conspiración. Cuando me imaginaba en Egipto por enésima vez, y aguantando el humo de una larga calada, volví a mi presente por el grito del vecino del tercero que le recriminaba a su hijo alguna burrada adolescente.

A medida que me había hecho mayor había ganado estabilidad gracias a mi trabajo de oficina en una imprenta del barrio de Poble Nou. Pero a la vez sentía que mi libertad y tiempo libre también habían disminuido. Mis ilusiones de juventud se consumían y mi tiempo de ocio se limitaba a ese pequeño momento en un minúsculo espacio y a algunas escapadas ocasionales con mis amigos.

Era viernes y había pasado más de una semana desde la quedada de Montserrat. Aunque no vimos nada y no pudimos entrevistar a Grífol, había sido una noche divertida. Me acordé de Bernat y me entró curiosidad por saber cómo había acabado la noche, si había podido volver en coche o se quedó por la montaña hasta que salió el Sol. Saqué el móvil del bolsillo y le escribí un mensaje de texto sin mucha esperanza de obtener respuesta.

Apagué el cigarro. La música del telenoticias del televisor del vecino de enfrente marcó la hora de preparar la cena. Ni en mis más atrevidos sueños de aventuras había imaginado todo lo que estaba a punto de suceder y que cambiaría mi vida para siempre.

Cuando ya estaba entrando en la cocina, mi teléfono empezó a vibrar. Me estaba llamando Bernat. Me extrañó, como mucho me esperaba un mensaje de texto como respuesta, pero no una llamada tan inmediata. Me sentí contrariado, pero descolgué.

—Hola, Bernat. Así que al final llegaste a casa —contesté con normalidad. Pero al otro lado del teléfono no estaba Bernat. Respondió la voz de una mujer mayor.
—¿Con quién hablo? —dijo seca. Entonces pensé que habría anotado mal el teléfono.
—Disculpe, me he equivocado de número al escribir el mensaje que ha recibido.
—No, no te has equivocado —respondió con cierta angustia mi interlocutora para evitar que finalizara la llamada—. Este es el número de Bernat, yo soy su madre. No sabemos nada de él desde el jueves de la semana pasada. Y se dejó el móvil en casa. ¿Eres amigo suyo? ¿Cuándo fue la última vez que lo viste?

Tardé unos segundos en reaccionar. La noticia de la desaparición me pilló desprevenido y no sabía muy bien qué decir. De hecho, tenía más preguntas que respuestas.

III

Estuve toda la semana preguntándome qué le podría haber pasado a Bernat. ¿Tuvo un accidente en la montaña? ¿Siguió de ruta haciendo autostop? Aunque suene raro, ¿pudo ser abducido por visitantes de otros planetas? El principio de la navaja de Ockham enuncia que la explicación más simple es la más probable, aunque no necesariamente la verdadera. Mi escepticismo me hacía plantearme las opciones más verosímiles, pero mi firme creencia de que había otras civilizaciones inteligentes en el universo me impedía descartar otras posibilidades. A pesar de la paradoja de Fermi, me respaldaba la ecuación de Drake, una fórmula para calcular el número de civilizaciones inteligentes de nuestra galaxia a partir de su número de estrellas, planetas habitables y probabilidades de originarse y desarrollarse vida inteligente en ellos.

Ecuación de Drake
La ecuación de Drake calcula el número de posibles civilizaciones inteligentes en nuestra galaxia.

Cuando expliqué lo que había pasado y mis hipótesis a Ana, mi embarazada y racional pareja, la enésima discusión sobre mis aficiones paranormales volvió a aflorar, pero esta vez con más hormonas de por medio. Hacía un par de años Ana había estado a punto de dejarme porque no me decidía a tener hijos, pero un ultimátum de separación despejó la duda.

A pesar del riesgo de enfado, me dirigía en mi pequeño coche a casa de los padres de Bernat, en Rubí. Durante la semana me había escrito con la madre de Bernat para saber si había alguna novedad, y acordamos quedar el domingo para hablar en persona. Marc y David declinaron venir por falta de interés a pesar de mi insistencia. Les gustaba el misterio a tiempo parcial y si había cervezas de por medio.

Iglesia de Sant Pere en Rubí
Iglesia de Sant Pere, en Rubí.

Aparqué muy cerca de la Iglesia románica de Sant Pere, en el centro de la población. La casa de Bernat parecía antigua pero estaba reformada hacía poco tiempo. La madre salió a recibirme, me abrió la puerta y me dio dos besos. Olía muy bien y estaba de muy buen ver a pesar de que ya habría cumplido la cincuentena. El interior estaba un poco recargado de objetos y libros. Parecía que no había nadie más en la casa.

La mujer trajo la cafetera y se encendió un cigarrillo. Yo me encendí otro.

—Entonces, ¿no eres amigo de Bernat? —preguntó la madre removiendo la taza.
—No, ya le dije que solo coincidí con él en Montserrat. ¿Ha preguntado a sus amigos?
—Ya no se ve con sus amigos del instituto, ni con nadie del pueblo. Desde que empezó a interesarse por todo el tema de los extraterrestres se ha ido apartando de todo lo demás. Se marcha y vuelve de casa pero nunca dice a dónde o con quién va.
—¿Ha desaparecido en otras ocasiones?
—Tiene unos horarios muy raros y no trabaja. Alguna noche la pasa fuera, sobre todo cuando hay quedada en Montserrat, pero nunca habían pasado tantos días sin saber nada de él.
—¿Qué le ha dicho la policía?
—¿La policía? La policía no ha dicho nada porque no tiene nada que decir—dijo la madre sobresaltada—. Escúchame, Bernat ya tiene fama de rarito en el pueblo para que además esté la policía preguntando a todo el mundo sobre si le han visto o qué hace.
—Pero… —no entendía esa reacción de la madre— ¿y si le ha pasado algo?
—Si le hubiera pasado algo ya los sabríamos. La verdad es que no me extraña tanto que no haya vuelto. Lo más probable es que aparezca en unos días como si nada.

Cada vez entendía menos las respuestas de la madre, pero tampoco quería contradecirla ni criticarla. Estuvimos un rato más hablando y cuando dieron las siete me empecé a despedir. La madre me volvió a acompañar hasta la verja, me dio dos besos y se despidió con un “No te preocupes. Cuando Bernat vuelva, le diré que te envíe un mensaje para que te quedes tranquilo”. Fingí una sonrisa, le di las gracias y me despedí definitivamente.

IV

Cuando estaba saliendo en coche de Rubí, me puse un programa de El sótano sellado. Me encantaban sus introducciones y tertulias eternas que podían durar más de diez horas. La épica no me hizo desconectar de la situación que acababa de vivir.

La madre de Bernat parecía preocupada, como era lógico, pero también daba la sensación de que se había quitado un peso de encima. Yo no quería pensar mal, pero en cualquier caso, no entendía por qué no quería denunciar la desaparición de Bernat. ¿Realmente le preocupaban más las habladurías del pueblo que su propio hijo? Aunque fuera verdad que estuviera sano y salvo, ¿no sería mejor denunciar la desaparición por si acaso?

Mis pensamientos no me dejaban escuchar el programa de radio. Eso me fastidiaba mucho: perder información por falta de atención o sueño. Justo cuando cruzaba el río Llobregat me di cuenta de que estaba muy cerca de la Torre Salvana, una fortaleza abandonada del siglo X que se había ganado el sobrenombre de Castillo del Infierno por su imponente presencia y presuntos fenómenos paranormales. Seguía sin prestar atención al programa, pero me gustaba oír voces de fondo. Vi el cartel de la salida 606 a Sant Feliu de Llobregat y en una respuesta refleja, quizá meditada en el subconsciente, di un volantazo para dirigirme a la comisaría más cercana y denunciar la desaparición de Bernat.

Torre Salvana
La Torre Salvana, también llamada Castillo del Infierno, se encuentra entre la Colonia Güell y Santa Coloma de Cervelló.

Después de esperar casi dos horas, por fin me atendió una agente de los Mossos d’Esquadra. Tenía la sensación de que no estaba haciendo algo bien, pero sentía que tenía que hacer algo. La agente se sentó, me miró sin decir nada, y abriendo el ordenador habló.

—Soy la agente Salazar. Indíqueme su nombre y en qué puedo ayudarle.
—Me llamo Juan López y quiero denunciar una desaparición.

Mi respuesta captó la atención de la agente que apartó la mirada de la pantalla.

—Dígame, ¿quién ha desaparecido?
—Bernat… —me di cuenta de que ni tan siquiera sabía su apellido— un chico de Rubí. Desapareció el pasado miércoles 11 de noviembre en Montserrat.
—¿Qué edad tiene Bernat? —preguntó la agente para descartar a un menor.
—Pues tendrá veintipocos años —también me di cuenta de que no sabía su edad.
—Vamos a ver. ¿Qué relación tiene exactamente con el desparecido y qué estaban haciendo el día 11 en Montserrat? —la agente se empezaba a oler algo raro.
—Nos conocimos ese día en una quedada para avistar OVNIs— dije con un poco de vergüenza— pero desde entonces nadie le ha visto.

Las sospechas de la agente parecían constatarse. Le había tocado otro rarito.

—Viendo OVNIs, claro.
—No, no vimos ningún OVNI. Nos conocimos en una quedada para avistar OVNIs.
—Ya, ¿y cuándo fue la última vez que lo vio?
—Pues serían las dos de la madrugada, más o menos, en una explanada de Montserrat. Si quiere, puedo intentar ubicarla en un mapa.
—No, no será necesario —dijo la agente con cada vez menos interés—. Y dígame, si apenas lo conocía, ¿cómo sabe que ha desaparecido?
—Ahora mismo vengo de estar en casa de sus padres.
—¿Y por qué sus padres no han denunciado la desaparición? —inquirió la agente.
—Bueno, su madre dice que no le sorprende, pero yo creo que es por el qué dirán.

Cuando la agente acabó de oír mi hipótesis, dio carpetazo a la denuncia cerrando la ventana del archivo que había creado en el ordenador. Me marché indignado, pero en cierta manera entendía la reticencia de la agente para tramitar la denuncia. Era muy tarde y ya no llegaba a tiempo para la cena. Ana se iba a enfadar con razón, y además al día siguiente era lunes. La desaparición de Bernat me estaba empezando a trastocar la rutina.

V

Era jueves por la tarde y las luces de Navidad ya se reflejaban en el suelo de las Ramblas. Bernat seguía desaparecido. Habían pasado casi dos semanas desde que visité a su madre y que intenté denunciar la desaparición. Como último recurso a mis frustrados intentos de que alguien se ocupara del caso, escribí al correo electrónico de El ojo crítico, la revista de investigación de anomalías, para intentar contactar con Manuel Carballal.

Carballal es ufólogo, escritor, criminólogo y uno de los investigadores paranormales más prolíficos y relevantes del mundo hispanohablante. Había realizado un gran número de investigaciones de campo y publicaciones, también relacionadas con abducciones, e incluso había protagonizado un famoso avistamiento en Montserrat junto a Javier Sierra y el mismísimo Grífol cuando todos eran mucho más jóvenes. También era uno de mis tertulianos predilectos, siempre crítico y mordaz, de los programas de misterio que escuchaba.

Cuando le escribí explicando el caso no imaginé que al cabo de unos días le conocería en persona. Me propuso encontrarnos aprovechando su visita a la ciudad por otras investigaciones que estaba realizando. Y allí estaba yo, en el mítico Bar Pastís, una pequeña cueva parisina escenario de muchos encuentros reales y literarios, como los de Pijoaparte y Teresa Serrat, esperando a Manuel Carballal para hablar de la desaparición de Bernat.

La apariencia de Carballal no es pública, resguarda su imagen por seguridad. Su voz es muy característica y yo solo había visto algunas fotos suyas de hace ya años en internet, pero cuando entró por la puerta del pequeño local su carismática y peculiar presencia lo delató, aunque fue él quien me identificó a mí nada más entrar.

Me presenté nervioso, pero su humor rompió el hielo. Tomando una cerveza le expliqué todo lo que había pasado desde que fuimos a Montserrat, todo lo que recordaba. Él, escuchaba atento, preguntaba y tomaba notas en uno de sus famosos cuadernos de campo. Cuando acabé mi relato, casi como si estuviéramos en un programa, le pregunté por las distintas etapas de contactos con OVNIs y extraterrestres. Él contestó pedagógicamente.

—La primera fase hace referencia a la observación directa y a distancia de un OVNI, un avistamiento. La segunda fase constata el fenómeno mediante huellas o alteraciones en los aparatos eléctricos. En la tercera fase ya dejamos las aeronaves y hablamos de ver directamente a un ser extraterrestre. Entramos en la cuarta fase cuando se establecen interacciones con esos seres, incluidas las abducciones o secuestros temporales.
—¿Crees que el caso de Bernat podría ser una abducción? —pregunté directamente.
—Cada año se denuncian en nuestro país entre veinte y treinta mil desapariciones. La mayoría reaparecen pronto, pero se acumulan más de doce mil casos sin resolver. Los supuestos abducidos suelen experimentar un efecto de ‘tiempo perdido’ pero regresan al poco tiempo. Aunque hablamos de los que han vuelto, los desaparecidos no pueden hablar.
—¿Entonces no hay ningún secuestro permanente por extraterrestres documentado?
—Yo he investigado directamente muchos casos de supuestos avistamientos OVNI y contactos con extraterrestres, cientos de ellos, y nunca he encontrado ninguna evidencia que confirme su existencia. Lo más probable es que a tu amigo le haya pasado cualquier otra cosa.
—Yo opino lo mismo —compartíamos nuestro escepticismo—. Pero, ¿igualmente investigarás el caso para saber qué le ha pasado a Bernat y descartar todas las opciones?

Manuel se puso a reír y se acabó su cerveza antes de hablar.

—Amigo Juan, este caso te ha escogido a ti. Yo no voy a interceder, poco podría aportar desde la distancia y ya estoy en demasiados fregados. Este caso es tuyo. Y lo vas a resolver.

VI

Era el once de diciembre y se volvía a organizar una quedada nocturna para avistar OVNIs en Montserrat. Había pasado justo un mes desde que conocí y desapareció Bernat. Nadie lo buscaba y realmente yo no tenía ningún vínculo cercano con el joven desaparecido. Tampoco los recursos y conocimientos necesarios para realizar una investigación en condiciones.

Con Ana estaba forzando una discusión y en poco más de tres meses sería padre por primera vez. Ni tan siquiera mis amigos, en teoría amantes del misterio, parecían tener demasiado interés en averiguar qué le había pasado. Realmente todo estaba en mi contra y sabía que sufriría las consecuencias, pero alguien tenía que resolver ese misterio y mi curiosidad por conocer los hechos era más fuerte que el miedo y la incomprensión.

Cuando las estrellas empezaban a dejarse ver por el hemisferio norte me embarqué de nuevo camino a Montserrat en busca de la verdad.

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