El Rincón Sevillano.- Desde 1978 dando bien de comer

Hoy he vuelto al Rincón Sevillano para que me sigan “dando bien de comer desde 1978”. Casi tres meses habían pasado desde la última vez que estuve allí con Merche y Luis, como de costumbre semanal. Me enteré casi por casualidad que estaban vendiendo menús desde primeros de Mayo para que la gente los compre y los coman en su casa, porque en la fase que estamos es lo máximo que pueden hacer los restaurantes. Y no me lo pensé; hablé con Merche y quedamos en pillar tres menús y comérnoslos en su casa, con Luis. Pero al final, con buen criterio, Merche dijo que tal vez era prematuro -los tres somos de alto riesgo- y que mejor la semana venidera.

Pero como yo tenía medio apalabrado con Jordi -el “maitre” del Rincón, un fenómeno, luego les cuento- pues me presenté (les confieso que, además de echarles una mano tras tanta inactividad, me impulsó una razón poderosísima: era jueves y ese día ponen una paella que es, con razón, la estrella del menú, y yo llevaba casi tres meses de abstinencia paellera).

La verdad es que ha sido muy emocionante el reencuentro, aunque al principio Jordi, que atiende tras un mostrador improvisado juntando mesas y con todo lujo de distancias y líquido alcohólico para las manos, no me reconoció tras mi mascarilla, bajo la gorra del “Boca Juniors” y sin las gafas oscuras.

El primer acto reflejo de Jordi fue salir del mostrador y venir a darme un abrazo; no hubo caso pero hicimos unas piruetas con los codos y una foto con el móvil que nos obligó a no observar la distancia social unos segundos. Laura saludó efusivamente desde la cocina y Miriam hizo lo propio desde el centro del campo, es decir, el espacio que hay entre la cocina y el mostrador provisional que es donde ella parece moverse. Puestos a abusar del símil futbolístico culé, Miriam sería Busquets, Jordi sería Messi o Luis Suárez, y Laura sería Piqué arrancando desde atrás, desde la cocina, donde empieza todo. El símil les encantará porque son culés militantes, de los que van al campo con bufanda y camiseta.

No obstante, El Sevillano tiene fotos y alegorías al Betis, lo cortés no quita lo valiente, pero es cosa del padre y fundador. Total, que pillé una de paella, una de careta de cerdo con papas -galta de porc, en catalán- y una macedonia natural recién hecha. Todo impecablemente empacado para ir directamente al microondas al llegar a casa, y en una bolsa de papel recio con asas. A modo de despedida, Jordi me dibuja en la bolsa un enorme langostino sonriente, graba mi nombre y cierra con una suerte de copyright, El Sevillano… Pero cómo no te vamos a querer, Jordi. Hasta mañana, que volveré.

Una máquina humana casi perfecta para bien comer y bien estar

Permítanme una explicación sobre el boliche en cuestión y cómo llegamos a él. Su nombre correcto es: “Bar El Rincón Sevillano. Desde 1978 Dando Bien de Comer”. Está situado en la parte alta -pero popular- de la ciudad de Barcelona, en el barrio de El Carmelo. Varias líneas de autobús que arrancan en la plaza de Catalunya te dejan en la misma puerta. En origen fue lo que no ha dejado de ser nunca: Un bar que pone bien de comer, temprano para el desayuno, a media mañana -l´esmorçar catalán- y a la hora de la comida o almuerzo en castellano. Y a media tarde cierran y hasta otro día. El concepto de “restaurante” no consta ni en el toldo de la entrada ni a ningún otro efecto.

Es un sitio diminuto y entrañable, limpio, que se pone hasta los topes en el tramo entre las 13 y las 15 horas. Salen, un día con otro, unos 60 menús, abundantes, variados, artesanos. Sirven a las mesas pero in extremis alguien puede comer sentado en la barra o llevarse la comida para dar cuenta de ella en la casa o en el trabajo. Siempre tenemos que esperar un poquito pero no hay el menor problema; Jordi es muy empático y siempre hay un comentario, una broma ingeniosa o una cervecita para hacer más llevadera la espera.

Cuando la cosa está realmente apretada, y para que la espera no sea grave, Jordi nos arregla una mesa chiquita en un hueco que hay entre la barra y la entrada al local. Le llama “la terraza” para dar a ese espacio y a esa mesa ínfima un tono de privilegio. Pero la verdad es que desde “la terraza” tenemos una vista privilegiada de una calle que sube muy empinada y otra que baja más suave; muchas por esa zona tienen nombres de vírgenes y colinas en catalán. La clientela es muy estable y muy agradable: gentes del barrio, trabajadores de la zona, jubilados solos o en pareja (a los turistas les queda muy lejos, afortunadamente).

Mirian es encantadora, cómplice y empática también, pero más seriecita que Jordi, su compañero. A las horas punta trabajan como fieras, y a la velocidad de la luz, pero sin el menor mal modo, con una sonrisa y un chascarrillo siempre a mano. Servir 60 menús en un espacio en el que habrá unas 15 mesas, calculo yo a ojo, da idea de la eficiencia de una máquina humana que funciona como un reloj suizo. Laura se expone menos al público, ella opera -y cómo opera- en la sala de máquinas, en la cocina, pero tiene carisma, prestigio y general cariño entre la gente. Verán: En una ocasión, cuando ya declinaba la hora punta, como para tomar aliento, apareció un momento apoyada en el quicio de la puerta de la cocina, y preguntó a la gente que aun llenábamos El Sevillano algo así como, ¿qué tal está todo o qué tal estáis?”; un “bieeeen” una ovación, tierna pero ovación, le dedicamos la concurrencia unánimemente.

El Sevillano fue fundado por una familia de Sevilla, claro, que llegó a Barcelona en los años 70, los padres de Jordi y Laura, que yo los veo, espero no equivocarme, como paradigmas de las generaciones mestizas que aman sin reservas a Catalunya, y la construyen día a día con su trabajo, sin renunciar a la España de sus ancestros y a sus hermanos de lengua y esfuerzos.

Un día tuve ocasión de conocer al padre, ya jubilado, un hombre no muy alto pero compacto y con esa textura que da el trabajo de verdad a quien lo practica. Lo abordé yo: “hay que ver, maestro, lo bien educados y trabajadores que salieron sus hijos y su nuera y lo bien que llevan el negocio”, “más les vale porque si no los eslomo”, me contestó sin dejar de sonreír mitad en serio mitad en broma. Me dio tal apretón de manos al despedirnos que llegué a temer por la continuidad de la unidad y solidaridad entre mi mano y mi brazo.

El autor, a la derecha, con Jordi en el Rincón Sevillano.

No hay mal que por bien no venga… así empezó todo

Finalmente, les cuento como descubrimos este pequeño Shangri La del bien comer y el bien estar.

Era a principios de 2018, Luis había tenido una intervención complicada, incierta, pero había ido todo muy bien y la convalecencia y seguimientos así lo acreditaban cada día. Como Luis no podía ir al despacho, mal que le supiera a él, nos permitíamos los tres encuentros más largos y sosegados e, incluso, alguna excursión. Una de ellas fue al Turó de La Rovira, un monte de Barcelona más arriba de El Carmelo, emblemático por las huellas de las baterías republicanas encargadas de defender Barcelona de la invasión de las tropas franquistas, y las secuelas de las oleadas de andaluces de los 50 y los 60, que dejaron testimonio de sus chabolas y casitas hechas con lo que hubiera a mano y con restos de suelos multicolores según fueran las baldosas que iban encontrando, (“y lágrimas oscuras de los andaluces, y la dictadura”, que diría Serrat).

Hacia mediodía empezamos a desescalar -palabra de moda tiempo después- camino de la casa de Merche y Luis. Teníamos previsto almorzar en algún sitio según bajábamos. Lo hicimos en un boliche a base de tapas y raciones, un pica pica, calamares, pulpo, croquetas… y unas cervezas. Deliberadamente dejamos los cafés -y las copitas si fuera el caso- para tomarlas en algún bar.

Según seguíamos desescalando vimos a lo lejos uno que nos llamó la atención por su nombre-reclamo, “Desde 1978…” No se hable más, vamos. Serían casi las cinco de una tarde dulce del Febrero barcelonés. Iba Merche en cabeza y sin llegar a entrar preguntó a una muchacha que había dentro -joven, cara bonita, sonrisa estructural, lindo pelo ensortijado de color difuso- que si estaba abierto, que solo queríamos tomar unos cafés. El bar estaba vacío y la muchacha nos instó a entrar, que no había problema pese a estar cerrando.

La muchacha -poco después sabríamos que era Mirian- dio alguna instrucción a un chiquillo que estaba por allí y se dispuso a atendernos. Creo que no llegamos a sentarnos ni a concretar la comanda que le íbamos a hacer a una expectante Mirian, cuando a Merche le fue cambiando la color, se bamboleaba, se llevaba la mano a la cabeza y repetía que se encontraba mal, acompañado con algún conato de arcada. Nos asustamos, claro.

Ayudamos a tumbarse a Merche a lo largo en el suelo pelado; inútilmente, porque no le volvía ni el sosiego ni el color. Mirian se desvivía tanto o más que Luis y yo; ofrecía llamar a una ambulancia, al 061, lo que hiciera falta… Merche la instaba a no hacer nada, que se le pasaría, y cambiaba de posición pasando del suelo a tenderse en dos mesas que, con el esmero de Mirian, juntamos a modo de improvisada cama (“a mí no me cuesta nada llamar a una ambulancia”, insistía Mirian). Poco a poco, Merche se fue estabilizando, le fue volviendo la color, se sentó, nos dirigió una sonrisa como señal de que lo peor había pasado. Ya tranquilo, yo me dirigí a Mirian que, más tranquila también, estaba tras la barra, y le hice llegar mi comanda: “Póngame un cafecito y un chupito de ron Pujol, por favor, y ahora le pido lo que quieran mis amigos”. No se pierdan lo que me contestó: “Oiga, no tienen obligación de consumir nada si no quieren, yo lo he hecho con mucho gusto no porque fueran a consumir”. No tuve más remedio que decirle con energía y dulzura: “Oiga, señora, que aquí hemos venido a tomar café, que esto no es un ambulatorio y le estamos muy agradecidos”. Unas risas, sosiego, empatía, como si estuviéramos en casa; yo creo que repetí de cafés y chupitos.

Luis no recuerdo qué tomó porque tenía algunas restricciones por el tratamiento y Merche creo que no tomó nada, tal vez agua. Antes de irnos, Mirian nos contó detalles de El Sevillano, de su origen, de su oferta gastronómica, horarios. Nos ofreció llamar un taxi; declinamos porque el aire fresco era mejor para Merche y la casa de ellos estaba cerca y cuesta abajo.

Como no podía ser de otro modo, convinimos los tres que era un sitio al que había que volver. Y así lo hicimos unos días después para encontrarnos con la sorpresa de Jordi, de Laura, reencontrar a Mirian, de la linda clientela, de los menús con la paella-estrella de los jueves.

Y volvimos, y volvimos, y cuanto más volvemos más volveremos, porque ya queda poco para derrotar del todo al virus -salvo que algunos pelotudos arruinen la victoria de todos- y pasar a la fase dos.

Ya sé que esta es una historia irrelevante, mínima, como todas las de esta serie. Pero la vida real de la gente buena -inmensa mayoría- es la suma de historias mínimas y no los alardes estériles de poderosos y otros tontos.

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