El misterio de Sir Kevin Crossaway

Sir Kevin Crossaway apareció muerto en su residencia de campo, a las afueras de Broad Campden, Gloucestershire, una fría mañana de febrero de 1855. Tenía el cuello roto y un horrible rictus en la cara. Su despacho estaba revuelto, los cajones de su mesa habían sido forzados y los libros sacudidos tomándolos por las cubiertas. Ante semejante caos, ni siquiera su sobrino, pudo decir a la policía qué objetos se habían llevado los ladrones.

Los vecinos echaron de menos los paseos de aquel distinguido caballero y se preocuparon por la desaparición súbita de su ama de llaves. Era una mujer de modales suaves y afables, como contenidos. Todo el pueblo apreciaba su carácter jovial y su charla amena, aunque estuviese siempre dirigida a husmear en la vida ajena. El secreto de su popularidad estaba en la gran sonrisa que prodigaba a diestra y siniestra, mostrando sus dientes grandes y parejos enmarcados por un par de labios finos. 

La policía, apoyada por dos detectives de Scotland Yard, no pudo dar con ella. La pequeña casa que habitaba cuando no servía a Sir Kevin estaba vacía como si jamás hubiese vivido nadie allí. Solo averiguaron que se hacía llamar Alice Kyteler y que provenía de Irlanda. Los investigadores hicieron recaer las primeras sospechas en el sobrino de Sir Kevin por ser su único heredero. Sin embargo, pronto fueron desestimadas ya que Sir Crossaway lo que más tenía eran deudas. El inspector John Atkinson incluyó en el expediente la sospecha sobre la identidad de Alice Kyteler. Bajo ese nombre había sido enjuiciada una bruja en 1324. Un caso por demás de extraño, por tratarse de una mujer poderosa. Se había casado cuatro veces y todos sus maridos habían muerto envenenados. Aunque fue sentenciada a muerte, escapó y nadie volvió a saber de ella.

A las pocas semanas el sobrino presentó la lista de documentos y objetos robados. Entre ellos figuraban una estatuilla que representaba a la hechicera griega Medea, dagas ceremoniales y rollos de papiros. También había echado en falta los cuadernos de su tío. En ellos apuntaba metódicamente las conclusiones de los descubrimientos que hacía. Su principal línea de investigación estaba centrada desde hacía años en los ritos y costumbres esotéricas de los pueblos mesopotámicos y su irradiación a través del Mediterráneo. Lo más valioso entre lo sustraído, en términos arqueológicos, era el «manuscrito de Hécate», proveniente de Tracia y datado en el siglo sexto antes de Cristo.

Para John Atkinson no quedó ninguna duda de que tanto el crimen como el robo tenían que ver con la hechicería. Quizás Sir Kevin Crossaway había descubierto algo que no debía ser revelado. Sin embargo, la investigación del inspector de Scotland Yard quedó inconclusa. Falleció al caer por las escaleras de su casa.

Dame Alice Kyteler, la poderosa bruja de Irlanda.

Huelva, Setiembre de 2016.

La arqueóloga Dafne Palacios redactaba un informe cuando llegó la patrulla del Seprona. Al verlos pensó que habrían decomisado material arqueológico expoliado de los yacimientos de la ciudad. Ya había sucedido tres años atrás con una estatuilla fenicia del dios egipcio Reshef. 

—Buenas tardes doctora Palacios. Soy el agente García y ella es la oficial Domínguez del departamento técnico de la Guardia Civil.

—Hemos encontrado algo y nos interesaría que lo viera —dijo la oficial.

—Ponedlo sobre la mesa —repuso Dafne suponiendo que se trataba de un objeto. 

—No lo traemos y no es una sola cosa. Se trata de un escenario que estamos investigando —respondió el agente García con gesto serio y preocupado.

—¿Muertos? —preguntó Dafne estremeciéndose.

—No que hayamos encontrado hasta el momento, pero sí sangre. No sabemos si animal o humana y pintadas como de un ritual satánico.

«¿Qué tendrá que ver algo así conmigo?», se preguntó Dafne extrañada. Si bien era experta en rituales antiguos, lo más impresionante que había visto eran cráneos y huesos o alguna momia.

—También hemos encontrado pergaminos, libros, cuchillos, cálices y una estatuilla. —Se apresuró a acotar García viendo la expresión escéptica de la arqueóloga.

Dafne hubiese preferido pasar del tema, pero si se trataba de un ritual esotérico en el que habían utilizado documentos antiguos, los autores no eran drogadictos jugando a la Wicca. «No suelen leer en latín o en griego», pensó.

—Los acompaño —dijo cerrando el portátil y cogiendo el bolso del respaldo de la silla.

La casa, de una sola planta estaba rodeada de un jardín de aspecto descuidado y bastante alejada del resto de construcciones que constituían una urbanización mucho más actual.

—¿Cómo llegasteis hasta aquí? —preguntó Dafne. Cualquier persona hubiese pensado que aquello estaba deshabitado.

—Varios vecinos denunciaron haber escuchado gritos por la noche, como de animales salvajes. Pensamos que se trataba de algún criadero clandestino de especies exóticas o contrabando. —contestó la oficial Domínguez mientras entraban 

Sobre un escritorio había tres libros, un paquete envuelto a medias en papel de estraza del que sobresalían unos rollos y una especie de cuchillo o daga de apariencia antigua. Dafne suspiró aliviada. Si aquello era todo, no había nada macabro. Se calzó los guantes desechables e inspeccionó. Al desenrollar uno de los documentos se quedó de piedra. «Son papiros», pensó. La escritura era cuneiforme, posiblemente asiria. También había una tablilla de barro escrita en griego antiguo. Dafne pudo descifrar la palabra «Hécate». «Si no fuesen del Seprona creería que es una cámara oculta para arqueólogos», pensó.

—No pueden ser reales. Es imposible encontrar papiros en este estado de conservación —dijo.

—¡Ah! ¿No son pergaminos? —preguntó García.

—No, los pergaminos no se enrollaban porque podían escribirse por ambas caras. Además, son de piel y tienen una dimensión limitada. En cambio, los papiros son vegetales, como el papel y se degradan más rápido.

Los libros no eran tales sino cuadernos manuscritos en inglés y allí no había posibilidad de engaño. La letra era de alguien con muy buena caligrafía, cada texto tenía su fecha. Dentro de uno y a modo de marcapáginas, Dafne encontró una tarjeta con el nombre de «Sir Kevin Crossaway – Archaeologist», era bastante antigua a juzgar por el amarilleo del papel. La página marcada parecía ser la traducción o interpretación de otro documento, quizás de la tablilla de barro cocido.  Dafne comenzó a leer:

«Isis, la antigua diosa egipcia, hermana y esposa de Osiris es el recuerdo de la unidad, en la que predomina la fertilidad, la creación, la intuición, pero también subyace la destrucción, la muerte, la noche, el terror. En Istar, la diosa babilónica del amor, la caza y la guerra, los dos principios se equiparan. En Astarté o Ashtoreth se resuman todos los principios femeninos que se dividen irreconciliables de Hécate a Medea y de Diana a Circe. El poder sube en los primeros y baja en los segundos. Es un proceso que contiene sus propios ciclos interiores pero una tendencia general inconfundible. Las acólitas de Isis – Hécate – Medea, consumían la carne de los niños varones para ganar su fuerza y sacrificaban a sus hombres, después de fecundadas. Las descendientes de Diana a Circe utilizaban su poder para crear, curar y mitigar. Su fuerza provenía de la naturaleza. El mal venció. Las acólitas de Hécate ganaron tanto poder que ya no necesitaron pócimas. Hoy ejercen su dominio a través de intrigas y conspiraciones. Según los manuscritos, el ciclo acabará con el cambio de milenio. Las seguidoras de Diana volverán a ser fuertes.»

En las páginas siguientes había una lista de nombres y fechas que acababan en 1855, divididas en dos columnas bajo los títulos de Hécate y Medea. El resto del cuaderno tenía dibujos y anotaciones poco legibles. No eran recientes ni estaban hechos por la misma mano que la escritura.

—Venga, le mostraré el lugar de los ritos —dijo Domínguez invitándola a seguir.

Pasaron por un salón comedor en el que todo parecía normal y luego por la cocina en cuyo fregadero todavía quedaban platos por limpiar.

—Ha debido de salir con prisa. —comentó Domínguez señalándolos.

Traspusieron una puerta que daba al parking cubierto. En una de las paredes había una figura pintada de una mujer con tres caras. «Hécate», pensó Dafne de inmediato. En los otros muros había símbolos casi idénticos a los del cuaderno. El lugar olía a una mezcla extraña de velas quemadas y alguna otra sustancia. Dafne se tapó la nariz.

—Es olor a sangre —explicó con toda naturalidad Domínguez señalando unas manchas oscuras en la pared—. La han limpiado, pero el olor queda en el ambiente.

Sobre una mesa había varios cálices de distintos tamaños, una daga, cuchillos ordenados por tamaño y una sierra de arco. Presidía el conjunto una estatuilla de aspecto griego.

Dafne sintió calor y náuseas. Salieron a cielo abierto por la puerta que daba al jardín.

—No creí que me afectara tanto —balbuceó apoyándose en una pared.

—No es lo que uno ve sino lo que presiente, la entiendo —dijo Domínguez. 

En ese momento llegó el agente García desde la calle. Había estado hablando con otros dos guardias civiles.

—Bueno, parece que estamos avanzando algo. Acaban de llegar Ramos y Giménez de hablar con los vecinos. La mayoría coincide en que aquí vive desde hace unos meses una mujer muy simpática, en apariencia extranjera, de mediana edad. 

—Bien hecho, García. A ver si hay suerte.

Dafne comenzó a atar cabos. Si la persona que habitaba la casa era una fanática de la magia negra y había leído las conclusiones de Sir Crossaway, lo más probable es que hubiese intentado recobrar el poder volviendo a los ritos antiguos. 

—¿Habéis buscado posibles tumbas en el jardín? —preguntó.

—Hemos pedido que nos envíen perros adiestrados. A simple vista no se ven zonas removidas recientemente. —respondió Domínguez—. ¿Por qué lo pregunta, doctora? ¿Ha llegado a alguna conclusión?

—Es solo una teoría, lo podré decir cuando examine mejor cada pieza. También puedo averiguar con discreción sobre Sir Crossaway. Tengo conocidos en Londres. 

Dos días después y habiendo consultado todo lo que tenía a mano, Dafne Palacios reconoció que de haber algo falsificado, estaba demasiado bien hecho. Le faltaban los análisis de Carbono14 e investigar la procedencia, pero eso llevaría meses. El informe de Londres sobre el arqueólogo asesinado también confirmaba lo que había pensado y en el jardín de la casa ya habían encontrado restos humanos enterrados. Habían sido troceados y tratados con cal viva. Estaba intentando completar el puzle cuando sonó el móvil. Era la oficial Domínguez para comunicarle que ya sabían la identidad de la mujer. 

—¿De verdad? ¿Puede decirme quién es?

—Su nombre es Alice Kyteler y es irlandesa. La estamos buscando.

—¿Alice Kyteler? Creo que debería suspender la búsqueda. Alice Kyteler es uno de los nombres en los cuadernos de Sir Kevin bajo la columna de Hécate. Puede que ella lo haya matado según Scotland Yard.

—Pero, eso fue en mil ochocientos cincuenta, ¿no?

—Mil ochocientos cincuenta y cinco, aunque en realidad Alice Kyteler fue enjuiciada por brujería en el año mil trescientos veinticuatro y, también escapó…

2 comentarios sobre “El misterio de Sir Kevin Crossaway

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