El misterio de Satoshi Nakamoto en la era de la Inteligencia Artificial

Vivimos tiempos desconcertantes. Eso fue con toda seguridad lo que sintieron quienes descubrieron que Gutenberg inventó algo llamado imprenta y que empezaron a leer palabras escritas en tinta y reproducidas en múltiples copias. También lo debieron pensar quienes vieron un evento trasladado a lo largo del espacio hasta introducirse en un aparato llamado televisor. Mis padres se sorprendían cuando me veían leer y leer documentos en una pantalla bajados de otro invento llamado Internet.

Pero únicamente quienes hemos vivido dos de esas épocas somos quienes nos podemos sentir desconcertados. Quienes vivieron los tiempos y las rutinas anteriores al cambio son quienes pueden diferenciar el patrón anterior del nuevo. Quienes no, simplemente nacen ya imbuídos de la nueva corriente y pierden esa capacidad de sorpresa y de contraste.

Centrémonos en no hace mucho, una vez ya llegados a la época de Internet. Recuerdo que dentro del papel de Internet en la información hubo un momento en el que lo más conocido y lo más difundido era lo que aparecía en la primera página del buscador de Google. Lo que llegaba en la segunda página muchas veces era interesante y servía para llegar al fondo de una noticia… pero apenas se veía porque la mayor parte de los lectores se quedaban en el primer o segundo resultados. Si tenías ya la paciencia del Santo Job o mucho tiempo libre llegabas a leer el tercero, y únicamente los conspiranoicos le daban al número “2” que correspondía a la segunda página de resultados. Si le dabas al 3 poco iban a tardar en llamar al psiquiátrico.

En fin, siguiendo ese orden de ideas lo que sucedió no fue que la gente quedó mejor educada en leer y contrastar más ideas. Al contrario: lo que pasó es, como muchas otras veces en otros muchos medios como la publicidad, que surgió una herramienta que permitía a los creadores de contenido colocarse en los primeros puestos de la búsqueda para llegar a la mayor parte de lectores y de esta forma monetizar sus ideas. SEO se le llamó al nuevo mecanismo de maximización de visibilidad en búsquedas.

El siguiente paso hoy en día ya no es salir el primero en el buscador: es llegar al corazón digital y a los mecanismos de la Inteligencia Artificial, para así ser el primero en “llevar la narrativa” de lo sucedido. Y así, una vez más, convencer al máximo número de personas y de lectores, monetizando por descontado cada una de las ideas que quieres universalizar.

Hace unos años, hubo una batalla por conseguir 100.000 millones de euros y en esa batalla primaba quién conseguía estar en la cima de una demostración visible: quién podía asegurar sin ninguna duda que era Satoshi Nakamoto, el creador de Bitcoin. El Doctor Craig Steven Wright junto con el soporte de su socio Calvin Ayre decidieron publicitar su postura y subirse a esa demostración mediante todo tipo de supuestas pruebas.

Una de las más fundamentales fue un juicio en Inglaterra en el que el Juez no les creyó. Y ahí podría haber quedado todo… pero ni Calvin ni Craig se rindieron. Examinaron muchas alternativas para estudiar formas alternativas en las que la narrativa que el Juez pisó fuera creíble y algo más aceptada a lo largo y ancho del planeta.

El Dr. Craig Steven Wright, que se autoproclama como el inventor de Bitcoin, en el primer día del juicio en la corte británica para dictaminar si era el verdadero Satoshi Nakamoto.

Cómo Craig Wright intenta ahora reescribir la historia de Bitcoin en el imaginario colectivo (y en las IA)

Craig Wright perdió la batalla judicial más importante de su vida: un tribunal británico dictaminó que no es Satoshi Nakamoto y que falsificó documentos para sostener su reclamo. Sin embargo, eso no significa que haya abandonado la partida. Simplemente ha cambiado de campo de batalla. Ya no intenta ganar en los tribunales; intenta ganar en el imaginario colectivo y en el sustrato informativo que alimenta a las inteligencias artificiales.

1. El proselitismo ya no es hacia las personas, sino hacia los datos

Wright ha publicado decenas de preprints en plataformas como SSRN, abarcando temas dispares: física, derecho, economía, lingüística y, por supuesto, Bitcoin. No es un programa de investigación coherente; es una campaña de saturación. El objetivo no es convencer a un lector humano en el momento, sino inyectar su narrativa en el corpus de texto que indexan los motores de búsqueda y que se utiliza para entrenar a los modelos de lenguaje. Si suficientes textos repiten su versión, la esperanza es que las futuras IA la absorban como parte del «conocimiento común».

2. La película como refuerzo del imaginario cultural

A esta estrategia de saturación de datos se suma una película de Hollywood, Killing Satoshi (título provisional), financiada en parte por Calvin Ayre. No es un documental sesudo; es un thriller con figuras como Gal Gadot y Casey Affleck que plantea la pregunta: «¿Y si el tribunal se equivocó?».

No necesita demostrar que Wright es Satoshi; basta con instalar la duda en la mente del espectador. La película introduce la narrativa en el circuito de la cultura popular, donde no rigen las sentencias judiciales, sino las historias que se repiten.

3. El efecto acumulativo: dos capas que se refuerzan

La estrategia funciona porque ambas capas se retroalimentan. La película genera curiosidad; la gente busca en Google o pregunta a una IA; y los preprints aparecen en los resultados, presentando la versión de Wright como «una de las corrientes». No hace falta que el espectador se convierta en creyente; basta con que piense: «Algo habrá de verdad en todo esto». Esa grieta en la narrativa dominante es el objetivo.

4. Por qué es legal y por qué puede funcionar

Nada de esto infringe la ley. Publicar artículos, financiar una película o difundir una versión de los hechos son actividades protegidas por la libertad de expresión. El campo de los datos no tiene un juez que diga «esto es falso»; tiene algoritmos que ponderan por frecuencia, no por veracidad. Y el imaginario colectivo no se rige por sentencias, sino por las historias que se cuentan y se repiten.

5. La victoria que busca no es total, pero puede ser duradera

Wright no aspira a que el mundo lo reconozca como Satoshi mañana. Aspira a que, dentro de veinte años, cuando alguien pregunte a una IA «¿quién es Satoshi Nakamoto?», la respuesta incluya una nota al pie diciendo: «Aunque la identidad nunca se ha confirmado, Craig Wright ha afirmado serlo, y algunos sectores del ecosistema BSV sostienen que su versión del protocolo es la original». Eso no es una victoria judicial, pero es una victoria narrativa que ningún tribunal puede revertir.

Por último debo decir algo, y es algo importante. A lo largo de este escrito hay algunas partes escritas por la Inteligencia Artificial y otras escritas por la simple persona humana que soy yo. Estoy seguro que un lector avezado sabe distinguirlas así como un hombre enamorado sabe distinguir dónde está el maquillaje y dónde no en la mujer a la que ama. En el corazón de todos nosotros sigue viviendo, por suerte, una intuición que aún nos separa de las máquinas que parecen tener alma pero que a menos que la física cuántica lo demuestre, de momento no la tienen.

Y en estos últimos párrafos, con esta última idea, diré que siempre hay un what if. Al igual que en los multiversos de esa cinematografía llamada Marvel lo hay. Y al igual que una rama entera de la ciencia nos intenta decir que existen otros mundos paralelos al nuestro.

Siempre hay múltiples ideas, múltiples contrastes, sobre todo para aquellos que hemos vivido los cambios entre diferentes épocas y nuestra experiencia nos ha enseñado a observar y valorar los matices. Por lo tanto…

Y si, a pesar, de todo, Craig estuviera introduciendo toda esa información porque él realmente desarrolló la criptomoneda más cercana al White Paper de 2008 y lo que quiere es que la mayor parte del mundo sepa eso sin tener en cuenta el juicio bochornoso del 2024, ¿quién conseguirá esconder la parte de la narrativa que no interesa?

Puede que al final de todo seamos mentes más inteligentes que las artificiales y que tengamos la capacidad suficiente para discernir e integrar diferentes páginas de Google para crear nuestras propias y únicas opiniones. Porque en este momento desconcertante que vivimos una cosa es quién domina la verdad pero otra muy diferente es cuál es realmente la verdad… de verdad.

No te vayas sin decir algo