María Dolores Ortega Vidal.- Primero fue un piano de papel

De niña dibujó un teclado sobre unas hojas porque en casa no había piano. Ya adolescente, la muerte de su padre se cruzó trágicamente con la promesa de comprarle aquel instrumento que tanto deseaba. Muchos años después, María Dolores Ortega Vidal se sentó ante las cámaras de El Piano para interpretar Oblivion, de Astor Piazzolla. Se la dedicó a él. Entre ambos momentos hay una larga historia de estudio, enseñanza, Alemania, conciertos y una perseverancia poco común alrededor de la música.

En diciembre de 2024, María Dolores Ortega Vidal se sentó ante el piano instalado por un programa de televisión y comenzó a tocar Oblivion. La pieza de Astor Piazzolla, melancólica incluso desde el título, estaba dedicada a su padre. No hacía falta conocer entonces toda la historia para advertir que aquella interpretación contenía algo más que música. Su padre había sido camionero. María Dolores tenía 17 años y deseaba un piano desde mucho antes. Él le prometió que, cuando regresara del viaje que estaba a punto de emprender, llamaría a una tienda para intentar comprárselo. No regresó. Falleció en un accidente. Sería después su madre quien cumpliría la promesa y pondría finalmente aquel instrumento en casa.

Décadas más tarde, la pianista murciana llevó esa historia a El Piano, el programa presentado por Ruth Lorenzo en laSexta, con Pablo López y Mika como jueces. Y tocó Oblivion. Hay episodios biográficos que parecen construidos retrospectivamente para explicar una vocación. Este, sin embargo, había comenzado mucho antes. Porque antes del piano verdadero hubo otro. Uno hecho de papel.

María Dolores Ortega Vidal nació en Murcia, en una familia sin tradición musical. Ella misma ha contado que de pequeña ya le gustaba cantar, bailar e imaginarse sobre un escenario, pero fue la escucha del primer concierto para piano de Chaikovski la que terminó por deslumbrarla. Quería tocar aquel instrumento que no tenía. La solución fue tan infantil como reveladora: dibujó un teclado sobre varias hojas de papel unidas entre sí. Aquel piano silencioso tenía al menos una ventaja. Podía transportarlo de un sitio a otro. El instrumento auténtico tardaría en llegar, pero la afición no desapareció.

Comenzó su formación en Murcia y después emprendió un camino bastante menos previsible: Alemania. Se marchó sin dominar el idioma y terminó desarrollando allí una parte fundamental de su formación académica y de su vida profesional. No fue simplemente una estancia para perfeccionar el piano. Estudió, se integró en el sistema universitario alemán y desarrolló durante años una intensa actividad docente. Su formación musical abarcó además otras disciplinas e instrumentos, y la enseñanza terminó convirtiéndose en la segunda gran constante de su trayectoria.

Alemania supuso asimismo entrar en contacto con otra tradición musical y con maestros de procedencias diversas. Participó en cursos y clases magistrales con intérpretes como Elisabeth Leonskaja, Sergei Dreznin, Karen Kornienko o Daniele Petralia, ofreció recitales y amplió una formación que nunca parece haber considerado terminada. Esta última circunstancia acaso explique mejor que ninguna otra su recorrido posterior. Ortega Vidal no responde demasiado bien a la idea de que existe una edad para aprender y otra distinta para enseñar. Ha hecho ambas cosas prácticamente al mismo tiempo.

Después de una prolongada estancia alemana regresó a España y volvió a colocarse, literalmente, del otro lado del piano: nuevamente como alumna. Inició estudios superiores en ESMAR, la Escuela Superior de Música de Alto Rendimiento de Valencia, bajo la dirección del pianista Rubén Talón. No deja de resultar significativo. Después de años impartiendo clases, actuaciones y experiencias acumuladas en distintos países, decidió volver a someter su interpretación al estudio sistemático, a las correcciones de un profesor y a las exigencias propias de unos estudios superiores.

Durante la pandemia encontró incluso una nueva oportunidad donde para tantos músicos solo había silencio. Intensificó el estudio, amplió repertorio y participó en numerosos concursos internacionales que entonces se celebraban por internet. Entre finales de 2020 y 2021 obtuvo varios reconocimientos en certámenes de Moscú, Chopin Avenue, Aegio, Windsor e IMKA.

Los premios pueden engordar un currículo, pero quizá expliquen menos a un intérprete que aquello que decide tocar. Y ahí María Dolores Ortega Vidal resulta bastante coherente. Ha declarado su predilección por el romanticismo y, especialmente, por esa zona fronteriza del romanticismo tardío y el posromanticismo en la que la música parece tensionarse hasta sus límites. Chopin, Scriabin y Rachmáninov aparecen reiteradamente en sus programas, interpretaciones y vídeos. Música apasionada, exigente y, en ocasiones, poco complaciente. No es casualidad.

En una reflexión reciente publicada en sus redes sociales explicaba que, si encuentra un buen piano, prefiere tocar una obra que verdaderamente la represente, aunque resulte extensa, compleja, filosófica o poco conocida. No siempre se puede complacer a todo el mundo, venía a decir. Más importante es expresar quién se es. Probablemente ahí esté una de las claves para entenderla. Porque frente a una determinada fascinación por el puro virtuosismo, Ortega Vidal reivindica una concepción más amplia de la música. Incluso ha escrito que quedarse atrapado en una única faceta del piano termina resultándole monótono. La técnica importa, naturalmente, pero no como fin en sí misma.

En abril de 2026 esa personalidad musical pudo apreciarse en las XVIII Jornadas de Música y Patrimonio de Toledo. En la iglesia de San Sebastián interpretó la tercera Balada de Chopin, el Nocturno y el Preludio op. 9 para la mano izquierda de Scriabin y dos preludios de Rachmáninov. Un programa que casi podría servir como declaración de principios. Apenas unas semanas más tarde, el 1 de junio, culminó sus estudios en ESMAR con un recital de fin de grado que amplió todavía más ese mapa sonoro. Beethoven y Mozart abrían el programa; después llegaban Chopin y Rachmáninov, y lo cerraba el Allegro de concierto de Enrique Granados. El recorrido importa porque muestra que su inclinación por el último romanticismo no supone encastillamiento. Beethoven, Mozart, Granados, Ginastera o Piazzolla aparecen también en un repertorio que ha ido difundiendo durante años.

Y aparece, naturalmente, Scriabin. Quizá ningún otro compositor permita observar con tanta claridad la atracción de Ortega Vidal por una música que, partiendo todavía del romanticismo, empieza a buscar territorios nuevos. En su canal de YouTube encontramos interpretaciones suyas, homenajes al compositor ruso y comentarios sobre su obra. Chopin ocupa un espacio igualmente destacado: estudios, preludios, baladas y hasta una clase magistral con la prestigiosa pianista Yulianna Avdeeva que se ha convertido en uno de sus vídeos más vistos.

Hay, sin embargo, otra María Dolores Ortega Vidal que difícilmente aparecería en un currículo convencional. Está en Facebook, Instagram y YouTube. Viaja, toca, comenta, discute, fotografía, ironiza y cuenta. Mucho. Su presencia en las redes es especialmente intensa y deliberadamente poco solemne. En ellas conviven Chopin o Rachmáninov con una playa, una carretera italiana, un piano encontrado durante las vacaciones o alguna observación cotidiana. No parece interesada en construir esa distancia que durante mucho tiempo separó al intérprete clásico de su público. Ella misma ha explicado cómo ocurrió.

Facebook comenzó siendo simplemente una manera de mantener la comunicación con su familia mientras vivía en Alemania. Con el paso del tiempo, casi sin pretenderlo, su perfil terminó adquiriendo un carácter divulgativo, próximo —dice ella misma con cierta ironía— al de una influencer. Hoy considera esa red una especie de plaza pública: cuando publica algo, sabe que cualquiera puede detenerse, reaccionar o seguir de largo. No quiere un perfil profesional encerrado entre paredes.

Esa actividad se prolonga en su canal de YouTube, donde se presenta sencillamente como pianista y profesora de piano y combina conciertos, interpretaciones y contenidos de divulgación. Algunos de sus vídeos han reunido varios miles de visualizaciones. La citada clase magistral con Avdeeva supera ampliamente las diez mil; una interpretación de Oblivion ha alcanzado también una audiencia apreciable. La cuestión, con todo, no está tanto en las cifras. Lo interesante es que Ortega Vidal parece necesitar explicar la música además de interpretarla. Reflexiona sobre las dificultades de la profesión, sobre el perfeccionismo que acompaña al músico clásico, sobre el coste de producir buenos contenidos audiovisuales, sobre la inteligencia artificial, sobre los concursos o sobre la relación entre técnica y madurez artística. En cierto modo, la profesora nunca desaparece cuando aparece la pianista. Y quizá tampoco desaparezca aquella muchacha que tuvo que imaginar primero el instrumento que quería tocar.

Su trayectoria no es la de una figura criada desde la infancia para entrar en los grandes circuitos internacionales ni convendría presentarla de ese modo. Precisamente por eso resulta atractiva. Es la historia de una vocación que ha tenido que encontrar sus propios caminos: Murcia, Alemania, las aulas, el regreso a los estudios, los concursos, los recitales, las redes sociales. Tocar, aprender, enseñar y volver a tocar. Cuando apareció en El Piano en 2024 llevaba, en realidad, toda una vida recorriendo ese camino. Pero aquella interpretación de Oblivion permitió que durante unos minutos biografía y música fueran la misma cosa.

Frente al instrumento estaba una mujer adulta que había estudiado y enseñado música en distintos lugares, que había vuelto a las aulas cuando podía haberse conformado con lo ya aprendido y que continuaba buscando repertorio, escenarios y públicos nuevos. Pero también seguía estando allí la adolescente de 17 años cuyo padre salió un día a trabajar después de prometerle un piano. Y, más atrás todavía, la niña que ni siquiera necesitó tener uno para comenzar. Le bastaron cuatro hojas de papel.

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