Mi mejor relato se escribe con hache de sin amor

Escribo el mejor relato, porque creo que nunca es el mejor. Escribo el mejor relato porque sé seguro que hay otro al lado, en cada esquina. Escribo el mejor relato porque cuando lo hacemos, escribir aquello que queremos decir a voces al mundo, es tan sencillo como bonito. Escribir es decir al mundo que amas con delirio y que sientes con los pies del mejor pintor y los brazos del mejor fotógrafo. Amar, simplemente es amar. Amar a Federico García Lorca, es eso… amarlo, reír con bromas que no entiendo y llorar con el canto de un gitano.

Mi mejor relato es que se escribe con hache de sin amor. El mejor relato es que te devora los pies y te succiona los pechos. Porque te devora los pies entera y te agota. Dejando los pechos secos y los pies descalzos y agrietados. El mejor relato es el que serpentea el cuello en forma de flecha y te dobla las rodillas para caer entre los olivos que no tengo y la hierba buena que leo solo entre libros. El mejor relato son las buenas nuevas que comentan las señoras que se sorprenden de las ropas ajenas y en el fondo hablan de todo, pues conocen las entrañas del que muere en el cementerio. El mejor relato es el mejor que yo quiero que sea, preguntándole antes a una hormiga ciega. No tiene nombre ni compañera, pero si sigues el de ella, la puedes hacer ir por donde quieras, pues pobre, es ciega.

Para seguir fresca y compartir con el aire los nudillos de una nueva primavera decidí seguir a una hormiga para dejarme llevar por donde quisiera. Me dijo a secas que para poder seguir su relato tenía que ser su fiel compañera. Decidí probar una de sus antenas, era crujiente como alas de mariposa que queman. Entendí porqué la devoraba, porque era una aventura nueva, un relato escalofriante, sobre todo un sabor a primavera. Seguí su camino, ella estaba casi ciega y decidí comerme sus ojos pues no tenían lágrimas. Fue tan corto y rápido que no se dio cuenta que lloraba por ella. Ya sin ojos, y zarandeando como podía seguí su rastro. Le arranqué con unas pequeñas pinzas sus patas de madera y al probarlas me di cuenta que me orinaba caliente y dulce encima mis piernas. Nunca la primavera había sido tan eterna. Así es como empezó mi relato con una hormiga muerta y ciega.

Mi tercer relato acontece sobre unos granos de arena, donde descansa enterrada mi hormiga muerta. Pasa una señora que tiene los labios secos, pues de tanto sembrar la tierra se le vuelven del color de la oliva amarga. Me pregunta con dulzura y con labios sangrientos si quiero compartir el pan de su hogaza y el calor de sus nietos. Ya en el ventanal de su casa, con la pared de musgo y ardiendo me ofrece su mejor horquilla de oro. Los niños zarandean mis faldas y juegan con ella, mientras yo me peino con rizos dorados y eternos. La vejez de sus manos me acaricia con su mejor lienzo. Llamo entonces a la hormiga que me responde en sus sueños. Recuerdo el sabor de sus ojos y despierta les narro a los niños el sabor agridulce del morir mordiendo. Lo cuento con sigilo y se acaban durmiendo.

Mi cuarto relato empieza por E. Solo poseo la E, que engaña a mis hijos pequeños. Poseo la E de forma grande, con mayúsculas, tengo que subir a una escalera y acariciarla para que se calme. Uno de mis hijos cogió el mejor bastón plateado del reino, solo tuvo que robarlo. Mi letra E, se sube a los hombros y cabalga. Llama a su hermana, a ti, a su madre y no contestan. Ella es tan pesada que otro de mis hijos, con su mejor espada, no pudo con ella.

Salvador Dalí y Federico García Lorca

Si llamara ahora a Federico García Lorca, seguro que me ayudaría a guardarla entre sus trajes blancos y sus libros de plata. Si Federico hubiera visto la enfermedad en mis ojos, me hubiese puesto un algodón blanco y una pajarita dorada encima de mis hombros.

Mis relatos, en verdad, son un canto a Federico. Porque incluso visitando una tumba que no existe, sabemos que todavía llama a sus amigos. Si veis a Lorca en alguna fotografía, fijaros en sus cejas y en su boca, que todavía suenan. Cuando te acercas al lugar donde creen que esta muerto, se oye una voz, de verdad, que te dice al oído… “Diles a Buñuel, y sobre todo a Dalí, que los quiero mucho”.

Y así lo hice.

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