Vulvas en el jardín

Vulvas, divinidades que laten, santuarios del amor que deslumbran, pellizcan y lloran sangre. Laura Serradilla (Barcelona, 1978) afirma que hay en el mundo un jardín poblado de éstas, que se sitúa cerca del auto-reconocimiento y reapropiación del sexo femenino. El día en que la conocí me dijo: “Hay que hacer un viaje” y me invitó a visitarlo. Recuerdo con precisión la visita a ese jardín como contenedor de La Prima Materia, como un Sanctasanctórum en el que encontrar todo lo necesario para vivir y transmutar, para entender la belleza de los ciclos inevitables. Una vez allí, avisté la necesidad y urgencia de reflexión respecto a la forma de conocerse, quererse y relacionarse para el avance en positivo de la sociedad.

Antes de seguir os he de hablar de Laura, mi “Colón” en este viaje, pues previamente a escribir estas líneas, he podido mirarla a los ojos en numerosas ocasiones, las necesarias para afirmar que es una gran artista, comprometida y valiente. Sus ojos ven, te miran, su obra añade ese campo de visión lateral y aclara las dudas. No pinta palabras sino que como ella afirma en “Silencios”, su proyecto final en la Escuela Massana (Barcelona): “Mientras que estoy pintando, no pienso, sino que siento y vivo los colores, los expando, los mezclo y los trabajo dejándome llevar por lo que ellos mismos me transmiten como un diálogo interior”.

Si bien es cierto que a este trabajo le siguieron silencios en su trayectoria artística en pro de la dedicación profesional al diseño gráfico, es un perfecto hilo conductor de la misma pues la deriva de la obra de Laura es sincera con sus inicios, crece con ella. En la actualidad y ya dedicada por completo a su desarrollo artístico, Laura sigue fiel a la espontaneidad de la acuarela como medio de expresión y al formato cuadrado por su equilibrio y estabilidad para la exposición de las mismas.

Su último proyecto “VulvaLove”, dibuja torrentes abstractos de colores cálidos y fondos vacíos, que se entremezclan en ocasiones con primorosos elementos figurativos simulando elegantes cornucopias, vinculando así las líneas que el entorno natural crea con aquellas otras que en su interior inventa. Así pues, la obra de Laura es producto de su observación tanto de la naturaleza femenina como de su manera de entenderla, es sugerente, espiritual, sensorial y sobre todo es bella. Sus vulvas están empapadas de sensualidad y placer, de maestría en los juegos con carmines, ponches, magentas y sus variantes deslizándose sobre el blanco natural de los papeles artesanales con los que trabaja. Sus vulvas, están llenas de jugos frutales y son capaces de volver a la imaginación una y otra vez.

La mandorla, vejiga de pez o vesica piscis, ha sido utilizada desde tiempos remotos como símbolo artístico para representar el sagrado vínculo entre la energía femenina como receptáculo de vida y cauce hacia la misma. Es por ello que su simbología forma parte del imaginario colectivo que por lo general integra esta forma de manera inconsciente. A pesar de esto, el concepto al que la obra de Laura alude: el auto-reconocimiento del sexo femenino, la importancia y sacralización del mismo para el avance en las vías del respeto, entendimiento e igualdad, despierta interés y en ocasiones crea desasosiego. Quizá, la causa de esta agitación sentimental sea debida a la toma de conciencia del mismo, a lo explícito de un mensaje visual que suele habitar en nuestros inconscientes.

Se trata pues, de una imagen que lucha contra prejuicios y dictaduras anclados a la injusta negación o a la vana ignorancia que se le profesa y que quedan arraigados en aquellos que no viven o entienden la sexualidad de forma libre y completa por el motivo que se les venga dado. Sin embargo, la recreación en su espíritu de estas imágenes es para la artista como para el que las disfruta una fuente inagotable de satisfacción. Éstas nos conducen a pasar el tiempo de observación en sueño, en un duermevela revelador que hace visible a los mortales el verdadero rostro de la vulva, pues su contemplación llega a poner en contacto a la mujer consigo misma, siendo un camino directo para la unión con el supremo conocimiento.

Un paso importante en la vida de un artista es ser consciente del vacío a llenar en su obra y Laura lo es. Sabe que aunque sus líneas y formas describen vulvas, la divinidad no puede reflejarse únicamente en ellas, sino que hay otras formas ocultas más allá de la naturaleza que conforman la armonía perfecta. Es en ese instante en el que decide que además de dominar la acuarela tiene que experimentar los diferentes hechizos que el agua puede lanzar a las leyes que rigen y ordenan esta técnica.

También completar su obra con sonoridad, movimientos e instalaciones tales como “El árbol de la vida” en la que un esqueleto arbóreo muda su piel y por ello las plantas y el fruto que están en él, viven del aire. Y es que Laura, en su avidez por encontrar los placeres con los que alimentar su espíritu, se ha adentrado en otros caminos artísticos como es la escultura, dando así cualidad carnal y corpórea a su obra, a la que añade elementos tales como papel, plumas, diversos tejidos, cristales reciclados, cuentas y las plantas antes descritas.

En otra de sus instalaciones: “El altar de Lilit”, la artista estudia el paso de la luz por capas de tul troqueladas para conformar un túnel de entrada a gozos y salida a la vida. Un laberinto sinuoso y sugerente en el que se obtiene la protección y el empoderamiento de la ya citada Lilit; o “Las fases de la luna en mí”, en la que Laura trabaja las telas y los hilos para obtener cuatro camisones bordados que simbolizan el respeto hacia los flujos de las cuatro comunidades indivisibles que conforman sus vulvas: Semillas, Frutos, Flores y Transmutaciones, colocadas según los puntos cardinales que marcan las fases lunares. Y así, ha sido capaz de ir encadenando labores, que aunque puedan parecer sencillas encierran el más complejo de los conocimientos.

El altar de Lilit – Laura Serradilla

Volviendo al viaje inicial, me fue posible en aquel vergel contemplar todas las vulvas que salen de Laura, pues tal y como ella explica: “una vez las creo, ya no me pertenecen”. Todos y cada uno de esos arquetipos, se ubican allí en el sitio que merecen, como vesicas piscis, y se conservan con denodado esfuerzo. Se encuentran entonces en ese orbe, en esa sala de recepción esperando a ser percibidas, reverenciadas y amadas. Llegados a este punto, he de explicar que allí me encontré con una fuente de energía de la que todavía no he hecho partícipe al lector: un círculo de mujeres. Laura me introdujo a las mismas: Erika Irusta, María Llopis, Joana Vasconcelos, Francesca Woodman, Alejandra Pizarnik, Eva Hesse, Clarice Lispector, Louise Bourgeois, María Zambrano, Anaïs Nin, o Hilma af Klint completaban aquel grupo.

Si es necesario para un artista conocer referentes para crear, también resulta interesantísimo el momento en que los conoce porque si el descubrimiento es anterior a la obra con los que los relacionará, pueden ejercer de guía, de influencia; si es posterior, es tanto o más importante por la reafirmación del artista en lo que hace. Así pues, cuando Laura tuvo conocimiento de la obra de Hilma, fue posterior a su vinculación con la misma, y tanto la alusión a una realidad suprasensible como la introducción de elementos naturales (hojas, flores) o mandalas abstractos son características que podemos encontrar en el arte de ambas.

Además de Hilma, en la obra y pensamiento de Laura, es posible encontrar algo de todas las antes citadas y es por ello que las imágenes que salen de ella tienen un poder transformador capaz de resolver misterios personales y sociales. Finalmente, concluyo este diario de observaciones, instando a todo aquel que lea estas líneas a repetir esta visita, pues volver de ese viaje significa que ese jardín* se queda dentro del que lo pisa, como una arquitectura soñada que poder contemplar mientras las palabras desaparecen y se encienden en el cielo, una a una, estrellas que alumbrarán con más fuerza y frecuencia al amor, al respeto, al conocimiento y a la superación del dolor.

*Una recreación del mismo podrá verse del 18 de marzo al 29 de abril de 2017 en Menuda Galería (Castellón), dentro del espacio creativo La Bohemia (C/Císcar, 14).

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