Vesti la Giubba y otras óperas

No siempre reflejamos la luz que nos brinda nuestra ciudad, no siempre la sabemos captar y distinguir de la de otras ciudades, no siempre. A veces ocurre que nos disfrazamos para pasar desapercibidos, para protegernos frente a la desnudez a la que nos conducen ciertos sentimientos o cierta falta de reflexión, de madurez.

Reflexión respecto a la obra

La capacidad del ser humano para contenerse y ocultar su realidad es algo que nos diferencia del resto de especies, nuestra intimidad es un derecho que nos pertenece y compartirla en ocasiones puede resultar un grave error, un fallo mortal. Otras veces se convierte en una acción tan certera que concurre en el avance social, porque igual que compartimos esa consciencia del fingir, compartimos fingimientos similares, y cuando uno comparte todo parece más llevadero, menos grave, más normal.

En la fotografía creativa de Ana Becerra (Ronda, 1980) se hacen evidentes las lecturas que desvelan lo propio y lo convierten en ajeno, que despersonalizan y socializan, pues la rondeña lleva a escena imágenes con las que muchos podemos identificarnos y además lo hace de una manera tan preciosista que llega a significar, a arrancarnos aquello que la intimidad no es capaz, porque el ser consciente de lo que nos pasa e intentar el cambio, también es una ardua tarea.

Sus foto-cuadros parten del encuentro entre una imagen visualmente atractiva y la integración del concepto que la autora quiera volcar en los mismos, proporcionando para ello una cuidadosa conexión entre sus diferentes elementos y reforzando así el vínculo del espectador con la imagen final. Sus imágenes se componen de elementos diferenciables que se pueden apreciar como teselas, pero también como mosaicos. Conecta los colores, miradas, espacios, formas, líneas y texturas; elementos y conexiones que hacen que su fotografía tenga opciones infinitas y evoque espíritus frágiles pero también soñadores o ansiosos de vida.

Así pues, la artista expone en Menuda Galería dentro del Festival Imaginaria Fotografía en Primavera 2017, tres de sus últimas series: Payasos, una elegía sobre lo fatal que puede resultar el automatismo humano, La comunión con mi entorno, una oda al descubrirnos como seres naturales encontrando en la libertad una felicidad plena y Aprendí a plantar mi propio jardín, en lugar de esperar que alguien más me traiga flores, una epístola que reflexiona en torno al encuentro con la madurez.

En todas las fotos de Ana hay un poquito de ella, de su experiencia vital que comparte con los que las observan. Sus fotografías son desnudos psicológicos a los que no hacen justicia los silenciosos clics de su cámara, pues cada obturación es un puñetazo fuerte en la mesa, es un paso hacia adelante, tenerlo más claro, volcar sus conocimientos y su creatividad queriendo siempre ir más allá de la visualización de las imágenes, apartarse de la invisibilidad desprendiéndose de la nariz de espuma negra y saliendo de un fondo negro para gritar: “¿AHORA, ME VES?”.

Reflexión respecto a la exhibición de la obra

Suele pasar que las críticas de arte se ciernen en torno al artista, la obra y su significado. Sin embargo, es también importante reflexionar sobre la manera de hacerla llegar al público, rescatando de esta forma los rituales inaugurales y la emoción por los mismos que caracterizaron a las galerías sesenteras y setenteras de Madrid, en cuyas invitaciones podía usarse como reclamo desde el “se servirá un cocktail” hasta el “se servirá un vendaval”, asunto este último que todavía trato de descifrar.

En la inauguración de la exposición de la artista en Menuda Galería (C/Císcar, 12. Castellón) que podrá verse hasta el 2 de junio, se introdujo la obra de la artista rondeña mediante la actuación de los tenores Pasqual Gassó y Javier Bovea, acompañados al piano por Pedro Miquel Garrido, para explorar la sensibilidad de los allí presentes y predisponerlos al visionado de la obra de Ana.

La ópera y la fotografía creativa son artes integradoras, que necesitan de otras para conformarse: música, poesía, artes escénicas, artes escenográficas, iluminación, maquillaje, vestuario, así como dotes de ingenio, psicoanálisis y esfuerzo creativo por partes de sus ejecutores. A su vez, la unión de ambas también pretende agrandar el abanico de espectadores que se darán cuenta de la intención artística que éstas conllevan, así como el mejor entendimiento de sus misterios y el aprecio de su continuo vivir in belleza.

Ojalá fuera efectiva la idea romántica del “vale más una imagen que mil palabras”, pero el acostumbrarse a ver nos retrotrae la mirada. En la era de las imágenes al alcance y fabricación de un vasto porcentaje de la sociedad, se hace cada vez más necesario que la exhibición de cuadros se acompañe de un método de embaucación sincero… Dícese de embaucar que es “engañar a alguien”, “aprovecharse de su experiencia o ingenuidad”, y dícese de engañar que es “dar a la mentira apariencia de verdad”, “producir una ilusión”, “inducir a otro a creer y tener por cierto lo que no lo es”, ¿y qué es lo cierto?, ¿cuál es la verdad?.

Al presentar la obra de Ana con un recital operístico inicial, lo que se pretendió fue predisponer a los dispuestos a viajar, pero también engañar, ilusionar a aquel que a su paso por nuestra galería no prestara atención a la belleza y el conceptualismo con los que las series de Ana las visten, a lo desgarrador de algunas miradas, a la espiritualidad de otras, al renacer y a la evolución de la artista en las mismas, ¿es por tanto un engaño o un intento de veracidad, de hacer llegar la verdad de la artista a los demás? ¿es necesario explicar el arte? ¿es importante contribuir al interés general por el mismo? Por ello embaucar sí, pero de manera sincera, de manera veraz, de manera que se acompañe al público en un transcurso y un fin placentero, evolutivo, sumatorio.

Así pues, creo en la necesidad de alimentar el espíritu de aquellos que hoy acuden a una galería por el motivo que les venga dado y a los cuales considero personas excepcionales. Contribuir por tanto a que se maravillen, embaucarlos aunque sea por un instante y que se vaya difuminando poco a poco el riesgo a que los visitantes de una exposición no entiendan sus obras de arte.

Por ello, fomentar rituales entusiastas como el “arreglarse” para tomar ese avión que conducía a los turistas de finales de los 50 al paraíso que para ellos empezaba a ser Málaga, en nuestro caso un paraíso artístico con obras de una malagueña que aterrizó y paseará por el Festival Imaginaria de Castellón como un vendaval, esta vez sí sé a lo que me refiero.

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